Arqueología

EN LAS TRINCHERAS

Ayer estuve con Alfredo González en la Casa de Vacas. Su pasión por la arqueología de la Guerra Civil provoca PASIÓN:

Es apasionante.

No tengo nada que decir.

José Viloria Rosado el cobrador del tranvía de la línea 53.

    Para trazar una biografía de José Viloria Rosado he tenido que recurrir a la prensa de los años 1920-30, cuando este tranviario se hizo muy popular gracias a sus descubrimientos en el campo de paleontología y arqueología madrileña. Fueron estos descubrimientos y su condición de cobrador de autobús, los que le llevaron a aparecer en periódicos y revistas contando, no solo sus hallazgos, sino cosas de su propia vida. Utilizando sus propias palabras sacadas de las entrevistas y algunos datos de otras fuentes, trataré de acercarme a este personaje al que tengo una profunda admiración. La primera información de prensa que tenemos de José Viloria es del año 1928, información que mezclaré con otras posteriores que darán una idea cronológica y llena de algunas contradicciones propias de la trascripción de la prensa. Empezaré por el artículo que aparece en el diario Heraldo de Madrid el martes 24 de abril de 1928 firmado por: Francisco Burgos Lecea. Y de otro aparecido en el Mundo Gráfico el 6 de agosto de 1930 y firmado por el escritor Enrique Contreras Camargo. (Reducidos a lo que nos interesa).  “Llamo en la puerta de la casa número 39 de la calle de Juan Antón (paseo de Extremadura, extrarradio Latina), después de campear no sé cuántos metros sobre el barro insoportable de las afueras…”“Pepe Viloria se conduele del estado lastimoso en que llego a su hogar”.“… vi que tres lobos -sus hijos-, hipnotizándonos con sus ojos brillantes, nos comían, y que una pobre loba -su compañera-, toda humildad, toda pobreza toda amargura, nos miraba…” Y al enseñarme su casa, qué maldita miopía la mía, ya no veo más que un trabajador que gana 7,50 de jornal, una mujer y tres hijos. Pero hay algo que me hace olvidar un momento, sorprendido, estupefacto, la tragedia que ven mis ojos convexos.Encontrar bajo el modesto uniforme de los funcionarios de tranvías al hombre de carrera que vive el drama de no haber podido ver coronados felizmente sus esfuerzos por virtud de la práctica de la profesión elegida, es frecuente. Abogados, médicos, oposicionistas de toda índole que sin medios propios ni protección ajena se ven precisados a renunciar a sus aspiraciones y acuden en solicitud de uno de esos destinos con los que sólo se resuelve el problema más perentorio de no morir de hambre, hay tantos, que a nadie puede sorprender encontrarse con uno de ellos en las plataformas de los tranvías o en las profundidades del Metropolitano; pero dar con un investigador geólogo ya es hallazgo que entra en el dominio de las cosas raras.     José Viloria había nacido el 19 de marzo en la Isla de San Fernando 1890, con catorce años se trasladó con sus padres a Medina de Rioseco, ya que su padre tuvo que hacer de sustituto en el Registro de la Propiedad de ese pueblo. Allí empezó su contacto con la naturaleza, y como muchos niños empezó cazando insectos. “Los buscaba, los capturaba y los coleccionaba de una forma bárbara, primitiva”. “Acababa de ser dado de alta en el colegio, ya en condiciones para estudiar una de las carreras llamadas cortas”. “Al ser trasladado mi padre a La Carolina se empeñó en que me preparase para la carrera militar. “Me compró los libros necesarios, pero yo no estudiaba, porque mi afición no era aquélla. La Naturaleza me atraía fatalmente. En La Carolina, allí no eran insectos los que coleccionaba, sino minerales”. “En La Aliseda, en Santa Elena, en Ventas de Cárdenas, en plena Sierra Morena, recogía pizarra, plomo, orillo…Los minerales traté de guardarlos en mi casa; pero mi familia, después de regalarme grandes palizas, me los tiraba”. “Viendo mi padre que no estudiaba, intentó mandarme a Madrid para colocarme; pero mi madre se opuso tenazmente, temiendo que en la corte me hiciese un granuja. Triunfó su criterio, pero imponiendo yo una condición: la de que mi padre me comprase una Historia Natural”. “Al convencerse mi padre que yo no estudiaba más que aquella maldita Historia Natural, que para nada me serviría, me colocó en Arcos de la Frontera, en la notaría de D. Miguel Mancheño Olivares, sin darse cuenta de que venía a caer precisamente en manos de un célebre arqueólogo e historiador de la provincia de Cádiz. Y en lugar de trabajar él como notario y yo como escribiente nos pasábamos muchas horas hablando de Prehistoria. En Arcos de la Frontera fue en donde descubrí una cueva, la cueva del Higueral; pero me dio miedo explorarla. Al contarle mi descubrimiento al Sr. Mancheño y Olivares me explicó lo q u e significaban para la historia de la Humanidad esos hallazgos y me demostraba sobre su colección de piedras y huesos lo que era todo aquello y en lo que se caracterizaba lo prehistórico de lo no prehistórico”. “De Arcos de la Frontera, el año 1909, me escapé para defender a la patria, influido por la pasión patriota”. “En Melilla, en compañía de don Marcelino Puertas, herrador de primera, que hoy presta sus servicios en el regimiento de Artillería de campamento, buscaba minerales y fósiles con peligro de nuestras vidas, pues nos alejábamos mucho de las distancias autorizadas por los mandos militares. Allí encontré muchas lascas de sílex; pero como todavía no sabía yo el valor que podían representar, las tiraba cuando íbamos de un campamento a otro”.“Cuando me licenciaron en África y llegué a mi hogar se encontraba en la más espantosa miseria. Había muerto mi padre. Y yo no tuve más remedio que colocarme en lo que pudieron agenciarme. África me aniquiló.“Terminado en Córdoba mi servicio militar como sargento, contraje matrimonio con una madrileña, de quien tiraba tanto el suelo natal, que no tardó en convencerme de que nos trasladáramos a Madrid, donde, según ella, sería más fácil encontrar una colocación adecuada a mis aptitudes y a mis gustos. Esta misma esperanza, venciendo mis temores, hízome decidirme, y poco después estábamos instalados en una humilde vivienda de la Corte”.“Pero mis esfuerzos para encontrar pronto una colocación no daban los resultados apetecidos. Las escasas amistades de algún valimiento con que podía contar en Madrid, abrumadas, sin duda, por pretensiones parecidas, no resolvieron mi problema, y como éste se presentaba cada día más apremiante, habiendo venido ya dos hijos al mundo, no tuve otro remedio que acudir en solicitud de una plaza de cobrador a la Empresa de los tranvías, y así logré conjurar el conflicto de atender a las necesidades de los míos”. “En los diez años que llevo en Madrid, otros tres hijos han venido a agudizar el problema, obligándome a permanecer en este destino, que, si no me libra de privaciones, me permite que en mi hogar no falte lo imprescindible para el sustento”.¿Hacía usted las excavaciones?—-No. aprovechaba las que hacían para los tejares.—¿En Madrid qué has descubierto? “Aunque está muy extendida la creencia de que en Madrid no existen vestigios prehistóricos, es lo cierto que abundan, como lo prueba el hecho de que yo mismo, sin medios materiales para realizar excavaciones, y sin otros recursos con que facilitar ese trabajo que los escasísimos de que me permite disponer de tarde en tarde mi humilde posición, imponiéndome las mayores privaciones, he encontrado bastantes cosas de indudable interés para estos estudios”. “…he descubierto un yacimiento de huesos, en su mayoría de Anquiterio, en una de las orillas del Manzanares, cerca del Puente de los Franceses. Otro en el paseo de las Moreras, Moncloa, de trozos de molares de Mastodonte. En la fábrica de rasillas de D. Modesto Chapa (en El Batán) descubrí una tortuga gigante. Di conocimiento del hallazgo al señor Hernández-Pacheco; pero cuando fue a verla con su hijo don Francisco tuve la mala suerte que un pobre obrero, ignorante de lo que destruía con su pico, la hiciese pedazos. No se pudo aprovechar más que un trozo de caparazón y algunas falanges”. “Decididamente. Yo quise ayudarle, pero los medios con que contamos en el Museo son todavía escasos. Enterado que para sus descubrimientos de su exiguo jornal de tranviario gastaba en gratificaciones a personas que le auxiliaban y respetaban en lo que descubría, le conseguí pequeñísimas consignaciones para ese objeto. Me costó gran trabajo que Viloria me aceptase este dinero. Me declaraba que él se dedicaba a la Prehistoria no por egoísmo, sino por amor a ella. Tengo la seguridad plena que del dinero que yo le he dado, bien poco por cierto, no ha gastado ni un céntimo en atención personal”.“En mis Memorias siempre le he hecho figurar como el prospector del Museo”. Consideraciones de Enrique Contreras Camargo: “Si todo el que consagra su inteligencia y sus esfuerzos a la elevación del nivel cultural de su Patria es digno de elogio, de estímulo y de recompensa, ¿no ha de serlo mucho más quien, como este modesto cobrador del tranvía, invierte las horas de descanso que le deja el penoso servicio en esas tareas de investigación dificilísimas por la escasez de medios de que dispone para realizarlas y que tan indudablemente aprovechan al estudio y conocimiento de la prehistoria?” “Nosotros creemos que José Viloria es digno de estímulos más eficaces de los que hasta ahora ha recibido. Que su constancia, su inteligencia, su desinterés deben ser premiados, y sus aptitudes aprovechadas en bien de la ciencia y en beneficio de quien tan evidentes pruebas lleva dadas de poseerlas en alto grado, en vez de dejarle que consuma su vida en ese humilde menester a que se ha visto precisado a recurrir para librar a los suyos de la miseria”. Las presencias de José Viloria Rosado en los medios de comunicación hicieron que la empresa de tranvías, a partir de su fama, le diera licencia con sueldo para investigar en algunos yacimientos.

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