El 18 de marzo de 2018 se produce en Madrid un increíble hallazgo, en un barranco causado por la erosión de la lluvia, en las proximidades de una excavación arqueológica en la Casa de Campo, una joven encuentra un adorno de cobre y oro, que no solo le desconcertará a ella, sino a todo el mundo científico.
Las preguntas que esta pieza arqueológica genera en todo el que trata de darle una explicación son ilimitadas y ninguna se aproxima a lo que la autora de este relato-ensayo llega a descubrir en sus investigaciones.




Cuando nos planteamos en 2018 crear un logotipo para la Casa de Campo a nadie le pudo extrañar que eligiéramos esta figura icónica de la mitología europea.
Muchos os preguntaréis:
¿Por qué esta figura y no cualquiera de los símbolos que asociamos con la Casa de Campo?
El Lago, el Palacete de los Vargas, la Galería de las Burlas, la Fuente del Águila, el Puente de la Culebra…
Si seguís leyendo lo comprenderéis. Es más: lo que no comprenderéis es cómo hemos tardado ocho años en hacerlo.
Todo comenzó cuando apareció aquella pieza misteriosa que tantos de vosotros habéis visto y que siempre provoca la misma reacción: sorpresa, fascinación y un halo de misterio difícil de explicar.
¿Qué hados, azares o venturas se confabularon para que esta reliquia mágica asomara tímidamente entre la arcilla erosionada de un camino?
No exageramos si decimos que miles de veces hemos vuelto a esa pregunta. Lejos de tranquilizarnos, desafía nuestra lógica y nos deja sumidos en nuevas conjeturas.
Quienes hemos experimentado una comunión profunda con este entorno sabemos que las tierras de la Casa de Campo son, en esencia, arena y algo de arcilla. Solo en los lugares donde hubo asentamientos o cultivos el terreno se oscurece y aparece un sustrato más denso en los laterales de los caminos. Fue entonces, ni antes ni después, cuando el zapato de una joven se hundió en un surco. Quedó tan encajado que tuvo que agacharse para liberarlo. Esa aproximación al suelo le permitió distinguir, entre la tierra marcada por restos del pasado y la huella de su zapato, la punta de un metal que parecía un clavo de cobre doblado.
Al escarbar descubrió que el fragmento era mayor de lo que parecía y enseguida lo tuvo en la mano. Por su tamaño supuso que se trataba de una hebilla. Una hebilla oxidada. Para no mancharse las manos, guardó la pieza en una bolsa de plástico y continuó su camino de regreso a casa.
Este es el relato más fiel a la realidad, aunque más tarde el hallazgo se transformó en un pequeño ejercicio literario en el que colaboraron varias mujeres de una asociación, tras una exposición de la pieza y una charla que ofrecimos sobre ella.
Pero vayamos a lo esencial: lo que ocurrió después de limpiar la pieza. Según los especialistas, era lo correcto. Además, si no lo hubiéramos hecho, no habríamos descubierto la imagen que ocultaba.
Era, sin duda, una mujer. Su feminidad era evidente: desnuda, mostrando sus senos y el vientre redondeado. En la cabeza lucía una corona de cinco puntas, de la que caía una abundante cabellera que descendía hasta su pecho.
Fotografiamos el adorno y lo subimos a Google con la esperanza de encontrar alguna representación semejante.
Pero nada.
Ampliamos entonces nuestras pesquisas.
Visitamos museos locales y nacionales.
Silencio absoluto.
¿Era posible?
Hablábamos de un adorno de cobre —a partir de ahora lo llamaremos así—, antaño bañado en oro, triangular, acampanado, de 4,6 cm de alto por 3,6 cm en su parte más ancha, bordeado al estilo corintio con flores de acanto.
Pasaron los días… y lo más inquietante: pasaron los meses. El hallazgo parecía no interesar a nadie salvo a nosotros y a alguna persona aislada.
A esas alturas ya habíamos comunicado el descubrimiento a Patrimonio de la Comunidad de Madrid y al Museo Arqueológico Regional de Alcalá de Henares. La respuesta fue: nada. Consultamos entonces a un eminente arqueólogo que examinó la pieza y nos sugirió que no la entregáramos al museo y que continuáramos investigando por nuestra cuenta.
Y así lo hicimos.
Entre la apatía y los desplantes institucionales, acabamos dejando la pieza —ilegalmente, lo sabemos— a una arqueóloga que viajaba a Italia con una beca, para que allí se estudiara con mayor interés.
Tres meses después regresó sin una respuesta satisfactoria.
Ellos querían que la pieza se quedara allí; nosotros, que regresara a España.
Dado que establecer su origen y antigüedad resultaba complejo, nos centramos entonces en su dimensión histórica.
Hechos históricos relacionados con la imagen de Melusina:
La figura representada es una sirena bicaudata, es decir, de dos colas. Se trata de Melusina (o Melosina en España), el hada mitológica más importante de Europa.
La imagen apareció en la Casa de Campo a pocos metros de un yacimiento romano y relativamente cerca del que era en la época que se perdió el Alcázar de Madrid.
León V de Armenia vivió en el Alcázar y gobernó Madrid durante siete años. El rey Juan I de Castilla le concedió el título de Señor de Madrid. Estableciendo la capital de Armenia en Madrid en la que tomó posesión como León I de Madrid en el año 1383.

Según Juan de A´rras, León de Armenia era hijo de Guyón, tercer hijo de Melusina.

Su imagen apenas aparece en España, salvo en algunas iglesias y, sobre todo, en los símbolos heráldicos de Enrique de Guzmán, VII Señor de Sanlúcar, IV Conde de Niebla, II Duque de Medina Sidonia y I Marqués de Gibraltar, visibles en el Castillo de Santiago de Sanlúcar de Barrameda.

Estamos ante un enigma cargado de argumentos que justifican el hallazgo en la Casa de Campo.
La historia continúa.
