Isabel de Valois

Isabel de Valois o Isabel de la Paz, fue la tercera esposa del rey Felipe II de España.

Por Rafael Pulido Fernández.

“España tiene a cada hora la necesidad de que hablen bien de ella los españoles”. 

Esta misma suerte o desgracia cae sobre personajes que, víctimas de la Leyenda Negra, nunca fueron reconocidos y menos valorados en su justa medida.

Aún hoy y con los medios de información que nos presta las nuevas tecnologías podemos seguir leyendo cosas que ya en el pasado se desecharon como inciertas.

Con Isabel de Valois sucede un hecho muy interesante, es una mujer que despierta un tremendo poder de seducción en aquellos que se acercan a conocerla, pero a la vez existe sobre ella una tradición escrita que la relega a situaciones y lugares en los que nunca estuvo.

Un ejemplo que demuestra esas dos versiones viene dada por su propia descripción física:

Hay infinidad de retratos de Isabel de Valois pero interesa leer como se la describe en el pasado y ahora mismo:

El abad Barlomé que la conoció la describe así: 

“su estatura era hermosa y más alta que sus hermanas, lo cual la hacía muy admirable en España, donde las esturas altas son raras”.

Cabrera de Córdoba que no la conoció la describe así: 

“era pequeña de cuerpo bien formado”.

Y más recientemente María José Rodríguez-Salgadoque no es española a pesar de su nombre, nos dice de ella:

“una joven pequeña, pálida, con facciones fuertes, pero no muy robusta, que casi desaparece envuelta en lujosísimos vestidos”.

María José Rodríguez-Salgado era profesora de historia internacional en la London School of Economics en su trabajo «Una perfecta princesa». Casa y vida de la reina Isabel de Valois (1559-1568)” no hace otra cosa que seguir la tradición de descalificar todo aquello que tiene que ver con Felipe II.

Las pruebas que aporta para su trabajo dicen todo lo contrario de lo que ella afirma con la excusa de que en esa época los escritos no correspondían con la verdad y estaban sujetos a una corrección que les obligaba a que todo lo que se refería a los reyes tenía que ser positivo.

Puede tener razón, pero por el mismo patrón los ingleses y franceses mantienen una tradición contra la figura de Felipe II en la que no se puede decir nada bueno de él.

Frente a estas posturas encontradas, nosotros nos limitaremos a sacar nuestras propias conclusiones y nos hallomos más próximos a; Félix de Llanos Torriglia, Fernando González-Doria y sobre todo con Agustín González de Amezúa Mayo que dedicó cinco tomos escritos a Isabel de Valois que a la antes nombrada María José Rodríguez-Salgado. Para no meter a los todos los ingleses en el mismo saco nombraremos a Henry Kamen con el que compartimos su línea de trabajo.

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Felipe II

12 de abril de 1559 el Rey Felipe II de España y Enrique II de Francia acordaron, por el tratado de paz de Cateau-Cambresis, entre otras cosas, que Carlos el hijo único de Felipe II se casaría con la hija de Enrique II, la pequeña Isabel de Valois que por entonces tenía 12 años.
No sabemos que hubiera pasado si las cosas hubieran sido así, pero fueron de otra manera. Felipe II acababa de quedarse viudo de María Tudor, por ese motivo, y porque conocía el encanto de Isabel, decidió cambiar el acuerdo y convino en casarse con la prometida de su hijo. Lo que no solo agradó a Felipe II, sino también a Enrique de Francia que vio a su hija convertida en Reina de España, bueno no la vio porque Enrique murió, en un accidente terrible, en las celebraciones de la boda de su hija. 
Lo que pensaba la pequeña Isabel de Valois no lo sabemos y cuando reiteramos lo de pequeña nos referlmos a su edad, más adelante sería una joven alta, morena, de ojos negros y piel blanca y suave. Una encantadora criatura que vino a traer un poco de júbilo a la corte y a un Rey; Felipe II que no se distinguía por sus buenos casamientos anteriores.

¿Y por qué os contamos estos detalles? 

Ahora os lo diremos.

Era el 22 de junio del año 1559, cuando Isabel de Valois se casa en Notre-Dame de Paris con Felipe II.

Como era costumbre la boda se celebró por poderes, es decir que Felipe II no estuvo en Paris, y fue el Duque de Alba quien representó al Rey. No es hasta enero de 1560 cuando Felipe II ve personalmente a su nueva esposa, a la que aún le faltan tres meses para cumplir los catorce años. Esto representaba, aunque para la realeza no existieran normas, que Isabel aún no podía mantener relaciones sexuales con Felipe II, la edad establecida eran los catorce años. Dicen que el Rey espero un año para consumar su matrimonio.

La encantadora Isabel, era, después de muchos años, la primera Reina que vivía en España, lo que le supuso una gran simpatía por parte de los que la trataban. Hablaba perfectamente castellano, su abuela era española Leonor de Castilla hermana de Carlos I y su abuelo Francisco I y su padre Enrique II que estuvieron en España hablaban español, así no tuvo nunca que recurrir a traductores que modificaran su encanto, ya que hablaba con mucha gracia y dulzura. Maria José Rodriguez-Salgado pone en duda que Isabel supiera español.

Todos nos preguntamos si estaba realmente Isabel enamorada de Felipe II, y más cuando este ya tenía 32 años y había enviudado dos veces. Hay que pensar que Isabel fue la prometida de Carlos el hijo de Felipe II que tenía más o menos su misma edad. Hubo muchas murmuraciones siempre en la relación que tuvieron los dos, pero Isabel pronto comprendió que Felipe era, no solo más atractivo que su hijo, sino que tenía mejor carácter que este. Por la correspondencia que mantenía Isabel con su madre sabemos que Isabel sí quería a Felipe II.

Carlos el hijo de Felipe II

Igualmente Felipe II, estuvo perdidamente enamorado de Isabel, dicen que cuando esta enfermó, a poco de llegar a Toledo, de viruela, no se apartó de su lado, aún con en peligro de ser contagiado. 

Isabel era una adolescente caprichosa y coqueta, dicen que nunca vistió dos veces un mismo vestido, por lo que vendía a las damas de la Corte la ropa que ella ya se había puesto, por eso el Rey mando tener en palacio a un sastre al servicio de la Reina. Este motivo sirve a algunos historiadores para asegurar que Isabel arruinó a Felipe II.

Vamos a lo que nos importa: la influencia que Isabel de Valois tiene en los acontecimientos que se van a producir un año más tarde. Tomemos una carta que Isabel escribe a su madre la Reina regente de Francia: 

Toledo, a pesar de lo mucho que festeja la Corte, me aburre
y continua Desde mi ventana sólo veo tejados y paredes, y a lo lejos tierras áridas y descoloridas” y se lamenta de la falta de jardines donde pasear. 

Son muchos los historiadores que cuentan estos detalles y cómo el Rey Felipe II le preocupó el estado de salud y la tristeza que en la Reina producía Toledo. Ella se había criado desde niña en palacios con asombrosos jardines como los de Versalles, que ya habían iniciado los primeros pasos para convertirse en los más bellos de Europa. En Toledo no había posibilidad de dotar de grandes jardines al Alcázar.

En este empeño de buscar una ciudad que satisficiera los deseos de Isabel y los suyos propios, Felipe II se fija en los palacios que posee la corona y que tengan la posibilidad de crear un jardín de grandes dimensiones en su entorno. No son muchos, ya que la mayoría son fortalezas medievales despobladas de árboles para su seguridad. Por eso piensa en Madrid y los terrenos que existen frente al Alcázar e inicia su compra hasta el río Manzanares. Después su propósito es una heredad situada al otro lado del río, si la consigue, traerá la Corte a Madrid.

El 8 de mayo de 1561, cuando Felipe II tiene la certeza de haber adquirido los terrenos para que el Alcázar tenga su propio jardín, manda desde Toledo una cédula real dirigida a las autoridades madrileñas diciendo: 

Concejo, justicia, regidores, caballeros escuderos, oficiales y hombres buenos de la Villa de Madrid. Habiendo determinado de ir con nuestra Corte a esa villa, hemos mandado a Luis Venegas de Figueroa, nuestro marichal de logis, y a don Juan Portocarrero, aposentador mayor de la reina. Que vayan a hacer en ella el aposento de nuestra casa y corte…”.

Tres días después llegaba el correo a Madrid. Aún se tardaría varios meses para llevar todos los fardos de la familia Real al Alcázar.

La intención del monarca fue la de satisfacer el deseo de Isabel de Valois y para ello compró la Casa de Campo como jardín y lugar de recreo. En ella se extendió la leyenda que recorrió Europa sobre los amores secretos entre Isabel y el que fuera su prometido Carlos hijo de Felipe II. El escritor alemán Friedrich Schiller recogió estos amores en su obra “Dom Karlos, Infant von Spanien” y posteriormente Giuseppe Verdi pone música a la obra, en su ópera Don Carlos. Fueran los hechos de una forma u otra, la vida de los dos; Carlos  de Austria e Isabel de Valois fueron motivo de mucha literatura por los escritores románticos. La muerte prematura de los dos, el 24 de julio de 1568 muere Carlos y 3 de octubre del mismo año Isabel, con 22 y 23 años los hace el tema ideal para poetas y dramaturgos. 


A pesar de las murmuraciones que recorrían Europa, se sabe que Felipe II después de estas muerte no fue nunca el mismo, cogió por costumbre vestir de negro y según los historiadores la muerte de Isabel le hizo llorar en público, cosa que nadie había visto ni volvió a ver.

Si verdaderamente Isabel engañaba a Felipe II con su hijo, no hay certeza, pero los documentos que aún se conservan; las cartas personales que Isabel mandaba a su madre Catalina de Médisis, están llenas de sinceridad y nunca dejan entrever ningún engaño, sino todo lo contrario.  Félix de Llanos y Torriglia coincidiendo con nosotros, y lo decimos porque en nuestro interior se formó la misma conclusión que él había tenido en 1926 cuando en una conferencia en la Real Academia de Historia la titula:

“Isabel de la Paz, la reina con quien vino la Corte a Madrid” y dice: “porque con ella y quizás por ella Madrid fue corte.” 

Este autor que leyó del francés todas las cartas de Isabel concluye que los engaños de Isabel de Valois fueron una invención inglesa, y más todavía el final trágico que tuvo la pareja.

Se refirió por toda Europa la idea de que Felipe II mandó matar a su hijo Carlos, la realidad es que se dejó morir de inanición en una habitación del Alcázar. Y continua; igual hizo, unos meses después, con Isabel de Valois al saberla embarazada de él.

Nosotros en la documentación estudiada solo hallamos estos documentos que se refieren a la pareja Carlos e Isabel en la Casa de Campo:

Felipe II en su primera visita a la Casa de Campo con Isabel de Valois, llevó a su hijo Carlos para que conociera en profundidad la posesión. Carlos tenía dieciséis años y una enfermedad mental que le hacía violento y malvado. En un descuido Carlos mató a todas las gallinas y aves que había en un corral cercano a la casa, dicen que lo hizo por celos de la que fue su prometida y ahora su madrastra Isabel de Valois. El Rey entro en cólera y mandó que le llevaran a Alcalá de Henares, con la excusa de que los aires de Madrid no le eran convenientes. Ya se sabe que un año después cayó por una escalera y tuvo que sufrir una trepanación que aumentó sus deficiencias.

Y este otro documento:

 “estando el Príncipe Carlos e Isabel de Valois en la Casa de Campo, oyeron que se había escapado un león que, desde la Casa de Campo y para unas fiestas, se debía de trasportar al Palacio”. Se narra que el Príncipe Carlos salió a la caza del león junto a Isabel y fue él junto a un criado el que le diera muerte.

En 1566 escribía el jardinero Jerónimo de Algora a Felipe II sobre las habituales actividades de su familia:

Ayer estuvo aquí la Reina y el príncipe y tuvieron comedia y merienda y me demandaron cómo no corrían las fuentes…»  Se refieren a la Reina Isabel de Valois y al Príncipe Carlos. 

Leemos en un informe de Jerónimo de Algora dirigido al administrador. No sabemos si la compañía era la de Isabel de Valois:

«El príncipe cena aquí cada noche y nada un poco en el estanque de agua clara que no hace daño ninguno… porque van solas tres personas con él y manda que nadie toque a una flor de los jardines…» .

 

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 ¿Acaso las Reinas no somos mujeres?

Por Rafael Pulido Fernández

Soy Isabel, nací el 13 de abril de 1546 en Fontainebleau a unos 60 kilómetros de París, mi madre es Catalina de Médicis y mi padre sería, un año después de mi nacimiento, Enrique II de Francia. De mi bautizo fue mi padrino Enrique VIII de Inglaterra y me sostuvo sobre la pila bautismal la Reina consorte de Francia la española Leonor de Castilla hermana de gran Emperador Carlos V que a pesar de estar casada con Francisco I mi abuelo, ella en realidad no era mi abuela ya que Leonor no tuvo hijos con el rey de Francia. La historia de Leonor y la mía iban a tener una cosa en común a las dos nos casaron por tratados de paz entre Francia y España.

Mi educación corrió a cargo de mi madre Catalina de Médicis, una educadora muy severa que se consolaba de los engaños de mi padre entregándose por entero a nuestra crianza y formación tanto la mía como la de mis hermanos. Eso sí, nos rodeó de un ambiente de cultura y de amor a las letras y a las artes que tanto marcaría nuestro futuro.

El nombre de Isabel, se me puso porque Enrique VIII quiso en él recordar el nombre de su hija predilecta (aquella que, por bromas del destino, habría de ser implacable rival del que más adelante sería mi esposo Felipe II).

Cuando aún no había cumplido un año mi padre subió al trono de Francia era 31 de marzo de 1547.

Me eduqué junto a María Estuardo la reina de Escocia, que solo era cuatro años mayor que yo, pero que influyó en mi carácter y mantuvimos una correspondencia durante toda mi vida. Así me escribe desde Compiegne en Francia María Estuardo:

“sé que ahora estudias mucho, lo que me tiene muy contenta y te ruego que sigas así. Este es el mayor bien que podrás procurarte en el mundo. Porque lo que la naturaleza nos da dura poco y te lo volverá a pedir cuando seas mayor, o por mejor decir, lo que fortuna nos da ella misma nos lo quita. Pero lo que la virtud nos proporciona (y esto es lo que nos viene de las buenas lecturas) eso es inmortal y lo tendremos para siempre.»

Desde mi nacimiento ya tuve muchos pretendientes y como a mi padre no les parecía suficientes, respondía:

«Mi hija Isabel es tal que no basta un ducado para ella; necesita un reino, y no uno de los pequeños sino de los más grandes. Grande es ella en todo, y yo sé que no le faltará. Ved, pues, porqué puede esperar todavía.»

Y como entonces no había un reino más grande que el de España, me prometió con el príncipe don Carlos, hijo del rey de España y heredero suyo. Carlos tenía unos meses más que yo, pero era una persona con una serie de deficiencias físicas que yo a esa edad no sabía ver; era cojo y mal parecido, pero lo peor era su salud mental y su carácter agresivo que le llevaba a ser cruel con los que le rodeaban.

Pero las cosas salieron de otra forma, después de la Batalla de San Quintín, que mantuvieron los españoles y franceses, se firmó el tratado de Cateau-Cambresis que puso término a la rápida campaña. Y en él, en una de sus cláusulas, ya no era Carlos mi prometido, sino Felipe, su padre, que acababa de enviudar.

Tenía, pues, trece años cuando el 22 de junio de 1559 se celebraron mis esponsales en la catedral parisina de Nôtre Dame. Me vistieron con un traje tan cubierto de piedras preciosas que no se podía ver sobre qué estaban puestas y ciñeron a mi cabeza una corona cerrada a la imperial, en cuyo centro una espiga de oro se balanceaba bajo el peso de un grueso diamante.

Felipe no quiso asistir personalmente a la boda, y eso que estaba en Bruselas, y delegó para la ceremonia de nuestro enlace en el Duque de Alba. Él me dijo años después que fue por motivos de seguridad, no se fiaba de mi padre.

A la solemne ceremonia de mi casamiento en Francia, siguió una semana de grandes celebraciones que se vio brutalmente interrumpida cuando, en el transcurso de uno de los muchos torneos disputados, la lanza que empuñaba el duque de Montgomery se clavó en el ojo de mi padre. Pobre Enrique, aunque no fue un buen padre, aquel accidente no se lo deseo a nadie.

Pese a que le atendieron los mejores médicos –entre ellos el propio Andrea Vesalio, que fue enviado por mi esposo Felipe II–, mi padre murió tras diez días de terrible agonía. La tragedia alteró todos mis planes, ya que tuve que retrasar mi viaje a España para asistir primero a las honras fúnebres de mi padre y luego a la proclamación de mi hermano Francisco como nuevo rey de Francia. 

Con todo resuelto salí para España un tanto confusa y apenada por lo acontecido y aún quedaban muchas cosas por sucederme. Llegué con la comitiva a San Juan de Pie de Puerto el 31 de diciembre bajo una nevada imponente. Así las cosas, no pisé territorio español hasta el 6 de enero de 1560, al llegar a Roncesvalles. Allí, nada más cruzar la frontera, me quité el luto blanco como las reinas del norte de Europa y me puse ropa propia para el largo viaje que me esperaba.

Y para mi incomodidad, me aguardaban enviados por Felipe, el maestro de ceremonias con 350 mulas de carga, literas y hacaneas; y no lejos, el Duque del Infantado, y el cardenal don Fernando de Mendoza, obispo de Burgos, con sendos lujosísimos séquitos, mostrando aquél a su lado treinta señores de las más apergaminadas casas del Reino, más cuarenta pajes vestidos de tela de oro, y rodeado el Cardenal por muchedumbre de preladas, dignidades y monjes, reuniéndose entre ambas comitivas un tropel de 4.000 caballos.

Después de un mes de viaje, que prefiero olvidar, ya que fui víctima de agravios y rechazo por parte de la aristocracia que no veía con buenos ojos mi origen francés. Más de una vez lloré de rabia y orgullo al ver pisada mi condición de reina de España.

El día 31 de enero de 1560 llegaba por fin a Guadalajara. Nos alojamos en el Palacio del Infantado. Hasta que el 2 de febrero se celebró la misa de velaciones. Era la primera vez que veía en persona a Felipe. Yo, vestía con una saya a la francesa de tela de plata muy ancha, forrada de abundante pedrería, entre la cual se destacaba una cruz de diamantes, y tocado de terciopelo negro.

Así éramos en esos días los novios: Felipe del que, por extraños motivos se me decía que era una persona austera y mal vestida de oscuro, que siempre estaba de rodillas y con un rosario en la mano, se me mostró en su momento como:

“un joven apuesto de ojos grandes y azules, de nariz bien proporcionada, boca carnosa y el labio inferior grueso, tenía la piel blanca y una rubia cabellera. Era altivo y arrogante”.

Tenía en esos momentos 32 años, pero os aseguro que no representaba más de 26. Y su ropa, aunque para la boda, juzgar si era sobria:

“Calzas y jubón blancos cuajados de oro de canutillo, oro que asimismo salpicaba su ropa de terciopelo morado sembrada de piedras y una rica gorra aderezada con unas plumas blancas, entre las que destellaba un hermoso brillante” si unimos que era un hombre esbelto, en plena vida, con el rostro cubierto de una sedosa barba rubia.

En cuanto a mí, no soy ni muy baja ni muy alta, aunque más cumplida que la media de las mujeres españolas con las que me comparo. Tengo el pelo negro, ojos oscuros y mi rostro es ovalado con piel blanca y expresión serena. Estoy en los albores de mi adolescencia, y poseo la gallardía nativa de la estirpe de mi madre.

No quiero aquí relatar aquella ceremonia ni la fiesta que hubo después. Solo comentaré que Felipe se me mostró como un ágil y diestro joven, que causó la admiración de sus cortesanos cuando me honró bailando ante ellos.

Ocurrió que el Obispo de Pamplona que debía bendecir nuestro lecho, se había indispuesto por la bebida. Así cuando llegamos a la alcoba nupcial, sin ningún prolegómeno, Felipe cerró la puerta y cuando el prelado salió de su indisposición y vino, tuvo que contentarse con trazar la señal de la cruz sobre la puerta. Muchos se comentaría después de esta noche aduciendo que yo no era núbil. Solo él y yo sabemos este detalle y convenimos en ocultarlo por no dar más leyenda a lo que era un hecho sin importancia.

Aún me faltaban 12 días para llegar a Toledo donde estaba la Corte en esos momentos. Antes pasamos por Madrid donde habían erigido un arco con alusiones a la paz entre España y Francia, y también improvisado algunas danzas y mascaradas, según vi y así se recogieron en las crónicas francesas; “hubo más gente que gasto”.

Durante los días que estuvimos en Madrid nos alojamos en el Alcázar y desde allí, asomada a los ventanales de poniente, tuve mi primer contacto con toda la extensión que se abría a los pies, partida por un río de poco caudal, al crúzalo con la vista vi el intenso verde de las huertas y una mansión que fue del Alcaide del Alcázar. Un acompañante me pidió que le describiera Madrid y el Alcázar para sus apuntes y así le dije:

«La villa es bastante bonita, grande como la mitad de Melún».

Y el Alcázar: «el castillo es muy hermoso y cómodo para los oficios y otras necesidades, y ahora era más grande que cuando estuvo prisionero mi abuelo el difunto rey Francisco. Tiene los más bellos y ricos muebles que se pueden ver y en gran cantidad, pues cada cámara y los demás gabinetes están llenos de tapicerías y muebles todo a propósito. Los de Inglaterra no son nada a su lado».

Cuando más a gusto me encontraba, tuvimos que partir; fueron dos días, el 10 y 11 de febrero de 1560 los que estuvimos y se me hicieron cortos y Felipe me prometió volver en cuanto la Corte le diera tiempo.

Antes de llegar a Toledo y para preparar la entrada pasamos la noche del día 11 en el pueblo de Vargas. A la mañana siguiente entramos en Toledo, allí un grupo de malabarista y otros entretenimientos nos hicieron su representación, pero la comitiva a mi pesar iba con prisa por llegar al Alcázar que ya estaba engalanado para el recibimiento. Allí conocí, por fin al Príncipe Carlos, el que fue mi prometido, aunque de ese asunto nunca se habló. El Príncipe se esforzó por aparentar lo que no era y su sonrisa delataba tristeza. Yo vi a un muchacho algo enclenque, con la espalda ligeramente gibosa, un hombro más alto que el otro y delgadas piernas desiguales con el rostro amarillo.

Pocos días después de mi llegada, aún sin aposentar todas mis pertenencias, bien por el viaje, bien por la tristeza que empezó a mostrarse en mi interior, eso unido a la guerra que se traían mis damas de compañía y la sensación de estar prisionera en el Alcázar, hicieron que enfermara de viruela. En esos días solo me consolaba escribiendo a mi madre:

“este lugar me parece uno de los más aburridos del mundo”. “Toledo, a pesar de lo mucho que festeja la Corte, me aburre”

y continué “Desde mi ventana sólo veo tejados y paredes, y a lo lejos tierras áridas y descoloridas”.

Felipe se preocupó en exceso por mi salud, y apenar despachó en esos días en que me debatía con la fiebre y la soledad de aquel alcázar tan lejano a los luminosos palacios franceses. Durante la convalecencia el rey y yo conversamos de todos los asuntos posibles y yo le mostraba mi deseo de buscar otro lugar para la Corte. Y no sé si por efecto de la fiebre o por una obsesión de mi mente, siempre que podía hablaba a Felipe de Madrid y lo saludable que parecían sus aires, además en las cercanías del Alcázar se podría hacer un jardín donde pasear. Felipe parecía tener la idea en la cabeza pues inmediatamente estudió el asunto con sus asesores y después de algunas gestiones se formalizó la idea. No había transcurrido un año y cuando se apalabró la compra de la Casa de Campo de los Vargas se remitió la noticia a los señores de Madrid para que prepararan los aposentos necesarios.

En mayo de 1561 se anunció oficialmente la traída de la Corte a Madrid, así se pudo cerrar la compra de la Casa de Campo de los Vargas con la idea de hacer de este lugar un jardín; para ello se trajo de Italia al arquitecto Juan Bautista de Toledo y a un jardinero que le acompañara. A primeros de agosto ya era nuestra la casa y en septiembre Jerónimo de Algora, el jardinero, se alojaba en el Casón para comenzar sus trabajos. Muy a mi pesar recuerdo la primera visita que hice con el Rey a la Casa de Campo, pues sucedió un acontecimiento muy desagradable, vino con nosotros a la visita el Príncipe Carlos y mientras visitábamos las estancias él se fue a un gallinero cercano y mató a todos los animales violentamente. El Rey, al enterarse, entró en cólera y nada le calmó en muchos días. 

A pesar de algunos incidentes, una vez en Madrid mi vida dio un cambio total, además mi ánimo se recobró hasta sentir verdadera felicidad. Cada día estrenaba un traje nuevo y para ello hice venir un sastre desde Francia y los vestidos que ya no usaba los regala a mis damas o los vendía, para ello instalé en los bajos de Palacio una especie de sastrería donde no solo exponía y vendía los trajes que ya había estrenado, sino que también mis damas de compañía despachaban perfumes, adornos, postizos y amuletos, y los compraban tanto las damas como los caballeros.

Montaba representaciones que yo misma interpretaba, me servía de mi dama de compañía Sofonisba Anguissola, que cuando no pintaba me ayudaba a escribir los textos. Yo no tenía problemas con la lengua ni la escritura ya que desde niña hablé tanto en francés como en español, lo que hacía que la Corte no me considerara extrajera.

El 11 de agosto de 1561, cuando ya contaba quince años y cuatro meses, tuve mi primera menstruación, y fue tan gozoso el momento que la alegría hizo venir a mis damas, por lo que en unos días todo Madrid sabía la noticia. Yo personalmente escribí una misiva a mi madre relatándole los pormenores. Ella se alegró y supuso que pronto daría un heredero a la corona española.

No fue así, mi primer embarazo no me sobrevino hasta los dieciocho años, tres años después de mi menstruación, fue la primavera de 1564, que para la impaciencia de Felipe y la corte le pareció mucho, yo, sin embargo, aunque lo deseaba, no tuve ninguna prisa. No fue un buen presagio este embarazo ya que en agosto de una manera repentina aborté a dos niñas gemelas que dejaron en mi salud y ánimo un gran perjuicio del que tardé un año en recuperar la vitalidad perdida.  

Seguí con mi vida de antes en cuanto tuve fuerzas y como cada año organicé la fiesta de la mujer en los jardines de nuestra Casa de Campo. Mercadillos y productos traídos de Francia y que tanto gustaban ahora a la Corte española, se exhibían guardando un lugar privilegiado mis vestidos de los que yo misma era responsable de su diseño. Yo me encargaba de los bailes y de montar mascaradas en las que siempre que podía participaba. Esta vez debido a mi estado, aun enfermizo, rehusé introducir bailes en la representación.

Ya había recuperado mi vigor y alegría, cuando me quedé de nuevas embarazada, acababa de empezar el año 1566. Todo fueron cuidados y advertencias de los doctores, aunque esto no evitaba que yo visitara la Casa de Campo y me bañara en sus lagos, a veces con Sofonisba otras con el Príncipe Carlos.

Así lo recoge Jerónimo de Algora el jardinero Real:

“Aquí viene cada noche acompañada del Príncipe Carlos y tiene mucho cuidado de no pisar las flores ni molestar a los cisnes de los lagos”.

Leyendo este comentario que alaba mis cuidados, cosa que no siempre fue así, ya que el año pasado, yo la Reina, cogí unas flores para Sofonisba del jardín, en qué momento lo hice, Algora me vio y a pesar de mis ruegos para que no se lo dijera al Rey, este no tuvo en cuenta mis súplicas y lo dejó reflejado en su diario. Aquí quedaba clara mi posición frente a los que me debían respeto, ya me sucedió con la servidumbre, que más parecía estar por encima de mí que a mi servicio y muchas veces desee mejor callarme que enfrentarme a estas damas de compañía tan insolentes.

El 12 de agosto de 1566 dos años justo de mi frustrada maternidad, nació mi hija Isabel Clara Eugenia. Contar las vicisitudes de mi embarazo, sería cruel para el que lo escuche. Se me sometió a prácticas médicas que me duelen solo con recordarlas. El embajador francés dio cuenta de aquel acontecimiento a Catalina mi madre, y en vez de contarle mis penalidades, solo hizo elogios del Rey “…se portó muy bien, como el mejor y más cariñoso marido que se pudiera desear, puesto que en la noche del parto estuvo cogiéndome todo el tiempo la mano, y dándome valor lo mejor que podía y sabía”.

Sé que el Rey ha disimulado la contrariedad de que haya sido una niña y no un varón.

Tuve que guardar una celosa convalecencia, en Valsaín, antes y después del parto. Y había más empeño en las disputas entre los médicos franceses y españoles que celo en mi sanación.

Y aún no me había fortalecido lo suficiente cuando a principios de febrero de 1567, volví a quedarme en cinta. Y nació para mi tristeza otra niña, Catalina Micaela, que nació el 6 de octubre. En alabanza de la recién nacida, un joven escritor Miguel de Cervantes compuso algunos de los versos que adornaron las arquitecturas efímeras erigidas para la ocasión en Madrid.

Con veinte años tuve la sensación de que mi vida se acababa, tardé mucho tiempo en recuperarme de nuevo y el vigor juvenil se había desvanecido. Recuerdo que en uno de los paseos por la Casa de Campo en un exceso de intrepidez echamos una carrera hasta el bosque que se ampliaba en los lagos. A mitad del camino perdí el conocimiento y vino a socorrerme un carromato que me llevó a palacio. Los médicos me aplicaron sanguijuelas para quitarme los malos humores, más nada me mejoraba, la cabeza me dolía en extremo y me asaltaba la continua obsesión de mi muerte.

Ayer el Rey a custodiado, como prisionero, en su cuarto al infeliz Príncipe Carlos, no he podido contener las lágrimas al saber tan ingrata noticia y los cargos que recaen sobre él.  He tratado de interferir por su persona, más no he logrado piedad para su causa. Ni tan siquiera se me ha dejado verle, dicen que pondría en peligro mi vida. Todos estos acontecimientos se han unido a mi nuevo embarazo, aunque los médicos dicen que se trata de una opilación y me han vuelto a sangrar.

El Príncipe ha muerto, la inanición y la salud se han conjurado hasta provocarle la muerte. No sé qué decir, el Rey cabizbajo no dice palabra y solo mi estado le añade alguna esperanza.

El día 3 de octubre de este año 1568, a pesar de los esfuerzos y las sangrías, he abortado de nuevo como mi primera vez, era otra niña.

Tengo 22 años y cómo esta vez nunca me he visto más cerca de la muerte, me muero, no tengo fuerzas para luchar he hecho mi testamento de nuevo, como en todos mis anteriores embarazos.

El 2 de octubre en mi lecho, hablé con el Rey sobre el cuidado de mis hijas y pedí que se reconciliara con mi madre. Ante mis palabras el Rey ha llorado.

En la mañana de 3 de octubre de 1568, dicen que dejé plácidamente esta vida.