Arqueología Superficial

Restos de una maceta de cerámica de Talavera del siglo XVI

Por Rafael Pulido Fernández.

En la Casa de Campo de Madrid es normal la observación de fragmentos de materiales de diferentes orígenes esparcidos por los caminos, sobre todo allí donde el terreno ha sido erosionado por los continuos y lentos movimientos de la capa arenosa que lo forman. Vaivenes provocados por diferentes motivos como; el paso de las personas, animales, vehículos o la torrentera de unas precipitaciones excesivas.

Este transitar es el responsable de que en estas franjas de camino se compacten las tierras y jamás se cubran de vegetación.

Pero la insistencia pertinaz de los caminantes disgregan la tierra apelmazada y cada cierto tiempo alcanza una profundidad de donde emergen elementos que después de muchos años ocultos quedan a la vista del paseante que tenga ojos curiosos.

Restos en el camino

Siempre es para mí un motivo de interés estas visiones del pasado, por eso indago sobre cualquier resto que recojo y me pregunto:

¿Cómo ha llegado hasta aquí este pedazo de cerámica o esta moneda desgastada?

Después de hacerme esta pregunta y una vez observado el corroído metal o el dibujo incompleto de un trozo de cerámica, he arrojado al aire el pequeño tesoro, al caer, se volvía a integrar a los múltiples avatares del terreno o acaso sería víctima de los excesivos aportes de piedra externa que usan para dar firme al camino y circular mejor con los vehículos.

Desde un tiempo a esta parte, debido a esa enorme cantidad de zahora que recrece los caminos, los hallazgos son más difíciles y se pierden valiosas referencias de esa arqueología superficial de los caminos. Ahora mi curiosidad lucha por impedir ese mal entendido confort para los coches y la falta de sensibilidad de los que autorizan esos aportes que no «aportan» nada, sino destruir la naturaleza tal como fue hasta la llegada del macadán a este Real Sitio allá por los años 30 del siglo pasado.  

A pesar de todo los interrogantes aún persisten en cada fragmento una reivindicación del pasado y la pregunta sigue en el aire:

¿Cómo ha llegado hasta aquí este pedazo de cerámica…?

Para tratar de resolver la pregunta, ahora, en vista de las circunstancias que expuse antes, recojo todo vestigio en el que supongo una intervención humana; ya sea un trozo de barro cocido, una cerámica en la que asoma un dibujo o la supuesta herrumbre que alguna vez fue una herradura, la pieza de un engranaje inconcreto o una bala oxidada de la guerra que por fortuna parece que no encontró el destino de quien la disparó.

Llevo ya algunos años llenando los pequeños espacios de los que dispongo en mi casa, como si padeciera el síndrome de Diógenes; lleno bolsas, cajas, estantes, muebles y mientras las guardo y clasifico, a refugio del porvenir incierto que le esperaba, pienso si todo este “escombro” me dará la respuesta algún día, incluso en un momento y para darle más solemnidad científica a mi empeño, me inventé para mi actividad el término:

“Recolector de vestigios arqueológicos superficiales de los caminos”

Lo llamé así por tratarse de pedazos sin evidente valor probado, con el solo interés personal de recoger evidencias de un pasado que estaba allí desde ¿Quién sabe cuándo? Y que había sido desenterrado por la insistencia de los pies de los caminantes, el soplar de los vientos, el aguacero de las persistentes lluvias de abril o el arado de otros tiempos. O tal vez la maquinaria pesada que se utilizó para amortiguar los efectos de Filomena, esa gran nevada de 2021 que puso la distancia apropiada entre los árboles aglomerados.

Vestigios que se dejaban ver levemente o totalmente en la superficie arenosa allí donde la primavera no lograba germinar semilla alguna.

Quien me conoce ya sabe que estoy hablando de los caminos de la Casa de Campo de Madrid. Esto ya no sucede en ningún otro lugar tan próximo al centro de la capital lo que le da un carácter de reliquia. Abiertos estos caminos en esos tiempos pasados en que la Casa de Campo era un lugar de tránsito. No es por eso difícil repetir los pasos de los que nos precedieron; celtiberos, romanos, visigodos, árabes, judíos y algún que otro noble castellano que rompió su ajuar no él, sino su criado, mientras trataba de llegar a la Corte.

Son los caminos un patrimonio que se mantuvo igual durante siglos, pero que hoy se ve aumentado por la persistencia de los transeúntes y la geografía del terreno, que nos lleva a crear cada día más y más senderos con la idea de llegar a todas las partes sin reparar si no es mejor dar un rodeo.

Queremos la distancia más corta, para estar antes en donde ya no sucede nada.

Cerca de doscientos caminos hay en la Casa de Campo, con sonoridades y categorías distintas como: veredas, calles, sendas, trochas, carreteras o paseos. Son en su mayoría trazados de un pasado glorioso venido a menos.

En vano algunos poderosos trataron de poner puertas al campo, cortando accesos con servidumbre y tradición, así los viajeros perjudicados mantuvieron sus pleitos para recuperar sus rutas, y lograron derribar tapias y abrir puertas para llegar a donde el propio nombre del camino les decía: “de Carabanchel a Aravaca”.

En estos movimientos constantes los viajeros; ya fueran de paso hacia otras ciudades o simplemente comerciantes sin destino o tal vez labriegos hacia sus huertas, pagaban sin querer el impuesto que pagan todos los caminantes.

El destino caprichoso de una moneda que perdió un viajero confiado, la carreta que rompió su eje desgastado volcando su carga de loza talaverana y pucheros de Alcorcón, los enseres olvidados por los nómadas en su búsqueda de un lugar fértil y sedentario. Y lo más importante los asentamientos cercanos a las vegas de los antiguos y caudalosos arroyos, y en los cerros donde se buscaba la seguridad y el control que da la altura.

A esos restos, se unió, más recientemente, los movimientos de tierras, que después de la Guerra Civil, esparcieron a otros lugares las ruinas de antiguos edificios, como material de relleno para fijar los caminos.

Elije alguna opción para responder a la misma pregunta. Elije un tiempo, un momento concreto de la historia para fijar ese fragmento de vasija, para ponerle fecha y dueño.

¿No se lanzan naves espaciales para buscar algo de vida en otros planetas?

Esto que encuentras, aquí en la tierra, son restos de vida, con conciencia y tecnología, supongo que alguna vez, hartos de mirar al desconcertante universo, los hombres volverán a mirar la tierra, para descubrir lo que ya sabemos, que somos polvo de las estrellas, y que el ADN de nuestros antepasados está en el camino o formando parte de un utensilio de barro endurecido.

Sin herramientas; con las manos, un palo o una llave, se puede liberar todo el material que sonríe en la superficie, sin necesidad de maltratar el terreno sagrado de un B.I.C. basta agacharse para contemplar la joya más de cerca.

El escombro arqueológico de superficie de la Casa de Campo no siempre está en los caminos. A veces en algunas actuaciones oficiales, como el sabio que creó Calderón de la Barca, puedes recoger los restos que los expertos tiran sin más, esas migajas que no merecen la pena, pero que estos recicladores de la arqueología ponen en custodia. También hay vestigios, no muchos, que te procuran, sin consciencia, los jardineros del parque cuando hacen los alcorques para los árboles; entonces sacan a la luz algún resto interesante que luego abandonaban, sin más, junto al árbol repoblado, cumpliendo a rajatabla sus cometidos.

Restos y más restos que simbolizan lo que fue este Real Sitio, su esplendor y su decadencia. Un registro histórico de Madrid y sus pobladores. La huella dejada en los asentamientos, sobre todo, de las casas donde residían los guardas y sus familias, esas casas que, castigadas por la guerra, después no pudieron superar las necesidades de material de los supervivientes y fueron abandonadas al destino de los necesitados. Las prioridades las despojaron de valor y se derribaron dejando simplemente las trazas de sus cimientos enterradas. Al amparo de estos ladrillos que nadie acaba por saber que son, hay en su entorno cientos de restos de los enseres que en ella se manejaban cuando había vida: orzas, platos, lebrillos, jofainas, “cántaros” menuda belleza de palabras, sobre todo cuando se une a otra de igual belleza: “fuente”, allí es donde más restos de ellos se encuentran, ya lo dice el refrán: “de tanto ir el cántaro a la fuente”. A su alrededor podemos catalogar toda la alfarería popular de Alcorcón

Otra posibilidad es, con la abundancia de restos, seguir las trazas de las calzadas, caminos o vías de comunicación entre lugares de importancia que atravesaban la Casa de Campo, la cantidad nos indica la importancia del camino y su antigüedad.

Sin descartar que el escombro puede ser la llave que nos abra a un futuro yacimiento arqueológico.

Hay lugares ya determinados, cerros con tradición arqueológica y otros con promesas que esperan alguna subvención generosa para ser estudiados: La Casa de Vacas, el conjunto de la Torrecilla, el Cerro del Espinillo y sobre todo “la Loma del Chopo de Pedro Miguel” a la que tengo especial apego ya que en ella encontré mis primeros fragmentos de “terra sigillata”.

Terra sigillata de la Loma del Chopo de Pedro Miguel

Nunca hay que mentirse a si mismo con el alcance de estos hallazgos, presuponiendo un valor ficticio, que en todo caso y dado el carácter de investigadores íntimos, no estamos necesitados de crédito ni credenciales para añadir a ningún currículo académico, lo hacemos por el placer que sentimos y el ejercicio de mirar atrás con cierta añoranza de nuestros orígenes.

Sobradamente se notará en este escrito que no pertenezco al colectivo de la arqueología, el lenguaje delata la procedencia del que habla. A este respecto hay que dar forma a lo que son sensaciones y percepciones producidas por una realidad que puede verse y tocarse. Transmitir ciencia y emociones son elementos que solo algunos privilegiados como lo fue Jean-Henri Fabre, en la entomológica, pueden conseguir.

Nosotros somos humanos, tan cotidianos, como los «restos» que despreciamos del camino. 

La recolección de materiales en superficie está desprestigiada dentro de la arqueológica, al extremo de que estos encuentros dejan indiferentes a los profesionales de esta disciplina. Por eso nos atrevemos a caminar solos sin la ayuda de los que tienen el mapa del camino.
La arqueología superficial que practicamos trabaja principalmente con escombros de materiales de actividades humanas pasadas. Pedazos de ladrillos, munición, fragmentos; tanto de azulejos como de utensilios de loza, porcelana o barro a los que le suponemos una historia. Procurando no caer en elucubraciones a las que somos muy propensos los principiantes, aplicando eso sí el sentido común y la lógica, esa que según Descartes “era la virtud mejor repartida ya que todos creen tener la suficiente”, frente al dicho popular que dice que “el sentido común es el menos común de todos los sentidos”.

Pala de construir trincheras

Los utensilios de uso cotidiano son los que con mayor frecuencia aparecen en sus diferentes formas en la Casa de Campo y componen el soporte principal del análisis arqueológico, porque son la evidencia material de las culturas del pasado unidos a un sitio. Si bien hay que puntualizar que, en la Casa de Campo, debido a las características de sus gestores, nulos, en su mayoría, del lugar en el que trabajan, se han desplazado escombro y aportados materiales exteriores que desvirtúan los restos que encontramos o que han tapado los originales. Fuera de contexto los materiales pueden confundirnos, pero esa es otra de las luchas que mantienen, desde siempre, los que ven en la configuración de un terreno un patrimonio digno de conservar y los que solo ven baches que hay que tapar.

Los restos arqueológicos son la forma estancada que queda de actividades que ocurrieron en el pasado. Suponer esas actividades por los elementos encontrados es la labor que siempre debemos pretender.

Yo no me atrevo a hablar en nombre de las personas, decir lo que pensaban o creían, ese tema es siempre difícil, ya me gustaría conocerme a mí mismos en profundidad, o conocer a la gente que me rodea ahora, todos sabemos el abismo que separa a las generaciones; padres e hijos, cómo para analizar a personas que vivieron hace siglos en entornos y sociedades impensables en la actualidad. Estas especulaciones se las dejo a los psicólogos o sociólogos que se atreven a descifrar la mente individual o colectiva. Yo me limito a saber lo evidente; el material de que está hecho el objeto y su forma y si es posible, descubrir su utilidad. A pesar de esta aparente sencillez, hay cosas inexplicables que escapan a mi control, por eso entonces busco ayuda experta y, entre todos, establecemos una posible respuesta. No me refiero solamente a licenciados con títulos, sino a conocedores de la historia y de los terrenos concretos que forman la Casa de Campo.

 
Está claro que los lugares sufren una evolución, que por los sitios pasa generación tras otra generación y que cada una deja su poso, unas más que otras y a veces solo una. A veces se destruye o transforma y donde podía estar la respuesta, alguien edificó una serie de inmuebles que desvirtúan para siempre un lugar. El ejemplo más claro en la Casa de Campo es el Cerro de Cachadizas, donde en 1953 se edificaron una serie de pabellones para albergar la II Feria Internacional del Campo sobre una necrópolis visigoda. ¿Nadie se dio cuenta? ¿acaso no salieron a la luz evidencias del pasado? que silencio tácito se cernió sobre estos renombrados arquitectos.

Ellos no fueron los primeros, en un lugar próximo eran evidentes los restos romanos y se construyeron una serie de viviendas y un colegio público como el Joaquín Dicenta en la calle Vicente Camarón. Con estas actuaciones realizadas por personas de otras disciplinas se perdía el asentamiento más cercano e importante de los que pudo haber en la cornisa del Manzanares. Este es solo un ejemplo.

Hay que pensar que siempre es el momento para actual y que cada segundo nos aleja más de nuestro pasado y dificulta su conocimiento. Estos procesos sucesivos por los que pasan los lugares han sido en los últimos tiempos acelerados hasta despojarlos de toda identidad. La Casa de Campo que se entrega al pueblo de Madrid en 1931 es un claro ejemplo de ese desinterés general por la identidad de un sitio. No fue la guerra el único causante de la pérdida de todo su patrimonio histórico, ciudades y monumentos de Madrid sufrieron más su efecto y al terminar la guerra fueron restaurados.

En la Casa de Campo no se restauró nada, sino todo lo contrario se abandonó a su suerte y después con la excusa de su deterioro se tiró y a continuación se taparon las ruinas de edificios y obras civiles que no solo reflejaban la forma de vivir de una población puntual, como los empleados de la Casa de Campo, sino que se facilitó la construcción incontrolada de instalaciones de todo tipo que modificaron el terreno con desmontes y corrimiento de tierras que dejaron inservibles las huellas del pasado, cambiaron su posición y su asociación con otros lugares llenos de restos arqueológicos.

En el suelo aún se contempla los cimientos de algunas construcciones

En la Casa de Campo es posible encontrar restos semejantes cuyo origen está a varios kilómetros de distancia.

Aquí se han tirado en contenedores, azulejos renacentistas cuyo estudio podía determinar la ornamentación del lugar más emblemático del Jardín Reservado de Felipe II; el Palacete de los Vargas, la Galería de las Burlas etc.

Quién no recuerda con estupor como entre los escombros que sacaba una excavadora se mutilaban las conducciones de plomo que constituían el intrincado mecanismo que daba lugar a los juegos de agua, esto con el asesoramiento de arquitectos y arqueólogos de cuyo nombre no quiero acordarme.

La Casa de Campo también ha sido el lugar donde se generaban objetos arqueológicos ya que poseía hornos de cocción y por consiguiente la formación de escombreras y deshechos de material defectuoso, así vemos mezclados objetos refinados de alta gama junto a barro cocido en utensilios de uso popular.

¿Por qué los materiales están tan desmenuzados?

Antes de llegar al estado en que se encuentra los materiales, estos pasan por diferentes etapas: fabricación, uso, pérdida, abandono o rotura. Estas fases pueden suceder dentro de un contexto o ser provocado; en las márgenes de los caminos suelen acumularse restos de cerámica consecuencia del traslado de estos utensilios y su rotura accidental por vuelco de los carros que los trasladan desde el horno original al comprador mayorista. De ahí que a veces algunos utensilios pertenecen a lugares como Talavera de la Reina, es normal encontrar cerámica de este pueblo en los caminos de la Casa de Campo, sin descartar el uso que los reyes y personal cortesano hacían en la Casa de Campo de vajillas y cristalerías de valor superior al que podían utilizar los empleados y personal de servicio de la finca.

Los adornos y los materiales de construcción de las antiguas edificaciones abandonadas o destruidas durante y después de la Guerra Civil 1936-39 siembran también de escombro arqueológico la Casa de Campo. Casa como las de los Patines, Vacas, Labor, Cobatillas, Quemada, los Pinos y el Renegado cuyo interior se adornaba con azulejos decorativos, azulejos y soleras que se expandieron por todo el parque. Es significativo el suelo de la Casa de Labor fabricado en Segovia por los hermanos Carretero en 1894 del que solo había certeza arqueológica que existiera en esta casa, sin embargo, es común encontrarlo en las ruinas de otras casas, incluso se han hallado en la última intervención de 2022 en el Palacete, producto de las mejoras que se hicieron en todas las viviendas en tiempos de la regente reina María Cristina de Austria.

Los ladrillos sellados son muy frecuentes

Del deterioro, de manera general, salvo algunos casos, los materiales minerales son los que mejor se conservan; la piedra, la cerámica y los metales. Los más deteriorados son los cueros y vestimentas.

La climatología y sus variaciones actúan no solo sobre los componentes físicos y químicos, sino también en la distribución espacial de los materiales, las fuerzas naturales actúan lentamente moviendo los materiales. La erosión y la avenida de aguas hace que estos se desplacen, hasta niveles inferiores hasta llegar a un lugar donde se acumulan gran cantidad de material. Frente a este proceso, existe otro que ayuda a preservarlos cuando se dan las condiciones óptimas de temperatura, nivel y clase de suelo. Estas dos condiciones se dan en la Casa de Campo, la primera con el Pinar del Renegado y la segunda con el yacimiento José Viloria. En el estudio localizado de los materiales se ve a simple vista donde existe desplome de materiales debido a la gravedad, las precipitaciones, el viento y las fuentes de agua y donde un yacimiento permanece estable en el tiempo.


Los materiales tienen una posición lógica, están en la superficie los materiales más recientes, aunque con el paso del tiempo; la acción del hombre, los animales o la naturaleza, la configuración puede variar, pasando los niveles inferiores a la superficie. Los cerros o lomas de la Casa de Campo son de poca pendiente, pero sí suficiente para que tengamos en cuenta que los materiales pesados se concentran en los niveles más bajo de la pendiente, por el contrario, los materiales más ligeros se mantienen en los niveles superiores. Por ejemplo, los restos óseos no suelen desplazarse y la cerámica estará en los niveles intermedios. Los metales después de una riada suelen quedarse a la vista ya que su densidad es mayor y el agua arrastra los materiales menos pesados mientras que los metales permanecen. Es muy común que tras las lluvias aparezcan restos metálicos, en la Casa de Campo es el mejor momento para encontrar balas o restos de metralla en esos surcos que se producen a los lados de los caminos, en los Cerros de las Garabitas con su desnivel es un lugar ideal para comprobarlo. Por el contrario, en los sitios con vegetación, aun cuando esta se haya agostado es más difícil encontrar restos superficiales. Aunque, influye mucho la forma y tamaño de los restos para este desplazamiento. Con el conocimiento de los fenómenos que desplazan los materiales horizontal o verticalmente podemos situar el lugar de donde proceden. Hay sin embargo restos estables que forman parte de una antigua edificación. Por ejemplo; La Torrecilla y su iglesia, cuyos cimientos están enterrados, nunca se moverán de su sitio y pudiera ser que encontráramos materiales en esos cimientos reciclados de otras edificaciones por Sabatini como; columnas, escudos o solerías que procedían de la Casa de Campo de los Vargas. Otro ejemplo para estudiar sería la Casa de Vacas que pasó de Venta de Aravaca a Faisanera para terminar destruida en la guerra civil 1936-39. Si alguna vez se hace una actuación se verían estas tres etapas sobrepuestas y pudiera ser que aún estuviera enterrada, como lo indica Manuel de Molina, la bodega de la antigua venta.   

Junto a las antiguas casas se acumulan muchos restos de cerámica y ladrillos


Si se es minucioso y se pretende una utilidad a los materiales encontrados, como debe ser, se creará un mapa de los restos encontrados, lo que juntos vamos a hacer. En él se dibujarán las áreas ocupadas por los diferentes materiales y la cantidad encontrada. A veces, y lo digo como entomólogo que guardaba en secreto los cazaderos para no esquílmalos, no se debe dar para ciertas piezas encontradas la ubicación precisa, salvo a los organismos oficiales y a gente de confianza. Otro dilema es si se debe coger todo el material que se encuentra. Nuestros amigos los arqueólogos nos dicen que les dejemos algo para ellos, pero nosotros hacemos un trabajo que a ellos no le interesa, es más, trabajamos para ellos, ya que no les negamos los hallazgos. Y mientras ellos cobran por su trabajo nosotros lo hacemos desinteresadamente. A la pregunta que hicimos antes la respuesta es que si hay poco material se coja todo y se localice con precisión. Si por el contrario hay mucho material se cogerá el necesario, una muestra de cada material representativo y de la misma forma se señalará su distribución. Este material recogido por amor al arte podrá ser comparado con el rescatado por el profesional y sus métodos más eficientes y sofisticados. Nosotros personalmente entregamos todo el material para su catalogación y estudio, que luego se nos devuelve o se queda a buen recaudo.

 
Estamos hablando de escombro arqueológico, restos que nunca aceptaría un museo y menos sería expuesto al público. Estos materiales sin embargo tienen una credibilidad máxima ya que nadie falsearía una localización de materiales sin valor. Pero qué sucede cuando se trata de algo que a priori puede tener importancia. Cuando encontramos la “Melosina” pensamos en el “nivel de confianza” que despertaría el hallazgo debido a la teoría de la probabilidad. Nosotros mismo somos desconfiados por sistema y pondríamos en cuarentena este hallazgo en manos de un extraño. Y tocante a la teoría de la probabilidad, hay un ejemplo que puede servir de respuesta, si quieres que te toque la lotería tienes que comprar un décimo. Es más probable que seamos nosotros quienes encontremos algo en la Casa de Campo que esos que nunca la pisan. Además, este hallazgo en manos sencillas en el mejor de los casos, se llevaría la pieza a casa como un recuerdo o talismán y posiblemente acabaría en un cajón.

El encuentro con lo inesperado

Hay un factor del que no he hablado pero que determina toda búsqueda. Normalmente nadie busca constantemente en todos los lugares. Hay que tener un conocimiento del terreno y de su historia. Esa es quizá mi mayor ventaja frente a los buscadores de fin de semana. Yo conozco los avatares de la Casa de Campo, su formación y modificaciones, soy de la zona, desde niño la Casa de Campo es mi lugar constante de visita. ¿Es esto suficiente? Si algún día se publica mi trabajo sobre la toponimia de la Casa de Campo comprenderéis mejor mi ventaja.

Después de lo dicho y como me sucedió en otras disciplinas, me pregunto si estoy haciendo lo correcto. Aquí no vale decir que lo recoges por una causa superior. ¿Y sí esto que ahora escribo nunca llega a leerse? Llevo veinte años buscando los nombres de cada camino, arroyo, puente etc. de la Casa de Campo y sé de qué hablo. No le interesa a nadie. ¿habré trabajado inútilmente? Lo más probable. Qué sucedería si estos materiales acumulados mañana acaban en un vertedero. No sucedería nada, porque lo que desconocemos no suele inquietarnos, pero yo soy de otro pensar. No debo quitar las huellas de los sitios arqueológicos. He llegado a pensar en fotografiar estos restos y dejarlos en su sitio, sin recogerlo. Lo que pasa es que a veces he necesitado análisis meticulosos del material para establecer su origen y naturalmente en el campo no se puede hacer este trabajo de investigación. Recogiendo el material este queda como prueba de la investigación y luego como dije antes ser reutilizado por los arqueólogos interesados.

Los conejos al construir sus madrigueras sacan restos arqueológicos enterrados

La recogida de muestras superficiales es simplemente una etapa del reconocimiento arqueológico, que luego puede ser el punto de partida para excavaciones posteriores. Ya que del tipo de material de un sitio permite averiguar lo que vamos a encontrar. Así lo demostró en infinidad de hallazgos superficiales José Viloria Rosado que tanto ayudó a José Pérez de Barradas en sus importantes descubrimientos, algunos de ellos en la Casa de Campo. Lo que pasa que a veces se mezclan en la superficie materiales de diferentes procedencias y solo un conocedor de la historia y el sitio sabrá separar lo importante de lo trivial y no confundir los materiales entre ellos. Y por supuesto que la mayoría de las veces los materiales superficiales no significan que debajo halla algo de importancia. La Casa de Campo ha sido mayormente un lugar agrícola, actividad que destruye o traslada los restos de un lugar a otro durante siglos, diseminándolos y fragmentando las piezas. Los escombros superficiales, por ese motivo, no dejan clara la cronología de un yacimiento de la misma manera que una prospección arqueológica que tiene en cuenta la profundidad de los diferentes estratos de los hallazgos. Por eso la interpretación de los materiales en superficie es bastante limitada. Aunque por razones económicas para el reconocimiento arqueológico es una ayuda importante y nada agresiva.

Los expertos no se ponen de acuerdo en el valor de estos materiales superficiales, por eso creo que, si no valen para nada, como muchos afirman, nada estoy haciendo mal, y si valen para algo como otros aseveran, ahí están mis escombros; documentados y a buen recaudo. Quizá la tecnología aplicada a la arqueología otorgue a la recolección de superficie otro valor.


En la Casa de Campo hay zonas de gran interés, no porque se hayan extraído grandes hallazgos, ya que, salvo en la actuación que se ha realizado en el yacimiento José Viloria en el Valle de la Judía, no ha habido ninguna intervención importante sobre ningún lugar de la Casa de Campo. También está la actuación que Alfredo González Ruibal llevó a cabo en 2016 en la Casa de Vacas, pero que se circunscribió a las trincheras de la Guerra Civil 1936-39 y aunque aparecieron interesantes restos, no llegaron a analizarse en profundidad.

Ordenanzas:

Decreto 113/1993, de 25 de noviembre, por el que se declara bien de interés cultural en la categoría de zona arqueológica, a favor del lugar denominado Terrazas del Manzanares, en el término municipal de Madrid. Por Resolución de la Dirección General de Patrimonio Cultural de fecha 18 de diciembre de 1989 (Boletín Oficial de la Comunidad de Madrid de 1 de marzo de 1990, Boletín Oficial del Estado de 17 de marzo de 1990) En resolución del 18 de diciembre de 1989, la Dirección General del Patrimonio Cultural de la Consejería de Cultura, incoa expediente de declaración de Bien de Interés Cultural (B.I.C.), con categoría de zona arqueológica a las terrazas del Manzanares.

Este decreto, por lo tanto, tiene validez para la zona de la Casa de Campo, los límites geográficos de la zona B.I.C. coincide con la costa de 600 m. a ambos márgenes del río Manzanares, y parte de esta zona, queda incluida en terrenos de la Casa de Campo.

Más adelante en 2010 se incluirá toda la Casa de Campo dentro de B.I.C. como Sitio Histórico, lo que le confiere doble protección.

La Casa de Campo es una de las pocas zonas, dentro de la ciudad de Madrid, que se han salvado del fuerte crecimiento urbanístico y, por lo tanto, pese a su degradación lenta, consecuencia de sus malos usos y la presión que los usuarios la someten, ha contribuido a la conservación de los restos y yacimientos arqueológicos. La Casa de Campo podría y así se recoge en algunas ordenanzas ser declarada toda ella un yacimiento arqueológico.

Cualquiera que pasee por la Casa de Campo puede a veces sin querer y otras queriendo despertar el pasado con sus pies. Los restos que dejaron los habitantes de épocas lejanas salen a la luz por la erosión del terreno o el movimiento de tierras. Todos nos hemos encontrado restos de ladrillos, cerámica, monedas y de tiempo más cercano balas y restos de metralla. Solo hay que estar atentos.

Esto es la letra, pero en realidad esta protección no la libra de las continuas agresiones que los diferentes gobiernos municipales provocan sobre un lugar tan frágil, ignorado e incomprendido.

No voy a extenderme, ya que para ello existen trabajos más concretos, en el pasado arqueológico de la Casa de Campo, de manera que muy someramente daré unas pinceladas a los estudios arqueológicos conocidos. No voy a relatar mis experiencias en este campo, sino que me guiaré de otros más expertos.

Este resumen abarca la época anterior a la compra por parte de Felipe II de lo que sería la Casa de Campo, aunque la verdad es que un lugar como este no ha dejado de tener vida en ningún momento.

Desde el estudio geológico que Eduardo Hernández-Pacheco y Estevan hizo de este terreno, vemos que incluye los terrenos de la Casa de Campo, casi en el cuaternario, constituido por aluviones feldespáticos silíceo, arcillosos, alternando con algunos lentejones extensos de arcillas. En algunos cauces profundos de arroyos como el de los Meaques, su subsuelo, corresponde a las margas y arcillas del mioceno, que sólo asoma en lo más inferior o profundo.

Los precedentes:

El cronista de Madrid del siglo XIX, Ramón de Mesonero Romano en su libro “El antiguo Madrid” ya se refiere al hablar del origen de Madrid, a esa villa llamada Miacum que se hallaba entre Segovia y Titulcia según el Itinerario de Antonino Pio. Después: José Amador de los Ríos, Madoz, Ángel Fernández de los Ríos y otros han especulado sobre Miacum y Madrid, pero quizá sea Antonio de Trueba el que más haya profundizado en el tema sobre Miacum y ese arroyo que trascurre por la Casa de Campo llamado de los Meaques.

Estas referencias movieron a muchos arqueólogos siglo XIX a querer situar la posible Villa de Miacum, sin que ninguno lo consiguiera. Una de las primeras solicitudes para hacer unas excavaciones y encontrar dicha villa se produce durante el año 1907, hasta cuatro veces, Juan Catalina García como secretario de la Real Academia de la Historia solicita al Ministerio de la Guerra el poder hacer unas excavaciones en las proximidades de la Casa de Campo con estos argumentos:

Al señor D. Ángel Hernández:

Noticiosa esta Real Academia de que en los terrenos de Carabanchel cercanos al polvorín y a la Real Casa de Campo y al arroyo de los Meaques, donde asoman a flor de tierra considerables ruinas romanas son de la propiedad de Vos, solicita de su generosidad y patriotismo el permiso de hacer excavaciones de acuerdo con el Ministerio de la Guerra para resolver el problema histórico sobre la  situación de la antigua Miacum que dio al parecer nombre al Arroyo de los Meaques e interesa altamente al progreso de la ciencia que esta corporación no cesa de cultivar en nombre de la arqueología y del arte.

Firmado: Juan Catalina García.

A pesar de todas las iniciativas los estudios mejor realizados sobre los yacimientos paleolíticos de esta zona, tienen como autor a José Pérez de Barradas arqueólogo municipal en los años 30 del siglo XX.  Nos habla Barradas del hallazgo de un hacha de mano tallada “in situ·, encontrado en un corte de arcillas rojizas, situadas aguas abajo del Puente del Camino del Robledal. Clasifica este autor, dicho objeto, como perteneciente a la Edad musteriense. También en la vaguada del arroyo, y en superficie, encontró otros sílex, destacando entre ellos, una lasca subtriangular musteriense, con plano de percusión extenso, facetado y retocado. Barradas también nos habla de un hallazgo en el Camino de la Encina de San Pedro. Se trata, de paleolitos encontrados “in situ” como una gruesa punta de sílex, una lasca subtriangular, que tal vez pudiera ser fragmento de una punta.

Existen muchas referencias bibliográficas del mismo autor Pérez de Barradas de sus encuentros en la Casa de Campo, muchos de ellos encontrados por José Viloria Rosado, este tranviario que tanto ayudó a Barradas en sus estudios. Por eso voy a concretar alguna más por su importancia:

En 1920 como resultado de unas excavaciones más amplias que la Casa de Campo encontrará hachas pulimentadas, trozos de cerámica, y en fondos de cabaña y sepulturas con ajuares pobres y sencillos. Estas tumbas sencillas, excavadas, y que datan aproximadamente del 3.800 antes de nuestra era, contenían dentro de sus ajuares, hachas pulimentadas, hoces de sílex y cerámica de cordón, apareciendo también un cadáver en posición recostada, (excavaciones realizadas en la Casa de Campo y la llamada Casa del Moreno “Arenero de Casa del Moreno” Madrid, barrio de Orcasur. Estaba situado a la derecha de la carretera de Andalucía, en la margen derecha del arroyo de Pradolongo.

Continua sus hallazgos, en la vaguada de los Meaques, los cuales consisten en trozos de cerámica tosca de barro negro muy arenoso, que él identifica como neolíticas. Carlos Barrio Aldea apunta, que estas últimas identificaciones de Pérez de Barradas, “más que neolíticas, habría que hablar de cerámica de la Edad de Bronce o Calcolítica, ya que el neolítico en Madrid es bastante desconocido, y en cambio abundan yacimientos de cronologías más modernas. Los yacimientos calcolíticos y de la Edad de Bronce, son difíciles de descubrir, siendo posible, que existan en la terraza del Arroyo de los Meaques, yacimientos prehistóricos, consistentes en manchas de materia orgánica asociadas a fragmentos cerámicos, líticos y restos de formas. Estos serían aquellos “fondos de cabaña” de los que Pérez de Barradas hablaba en sus hallazgos neolíticos.

Carlos Barrio Aldea nos habla de que casualmente encontró hace unos años, un pequeño conjunto de cerámica a mano que, por su forma, se debe encuadrar en el Bronce final. El yacimiento está situado cerca del Zoológico, al lado del Arroyo de los Meaques y fue descubierto en un desmonte de tierra, producido por una excavadora.

Los yacimientos protohistóricos, y su presencia correspondiente a la I y II Edad de Hierro, han sido estudiados por otros autores, los yacimientos de la Casa de Campo y Arroyo de los Meaques, se encuadrarían en la II Edad de Hierro, con una cronología desde el siglo II antes de nuestra era, hasta la romanización.

Carlos Barrio vuelve a proporcionarnos información a este respecto, y nos remite; “Entre los lugares que proporcionan cerámicas de tipo ibérico (pintadas y jaspeadas), hay un yacimiento, el Cerro del Espinillo, también conocido por sus restos romanos, en el que aparece cerámica de la II Edad de Hierro. Otro posible yacimiento, puede estar localizado por la zona del Lago, ya que hay algún que otro fragmento cerámico en superficie”.

Los vestigios de yacimientos romanos en la Casa de Campo, nos llevan a pensar que ésta debió estar intensamente poblada en época romana. La referencia más antigua, pertenece a Fidel Fuicio. Nos habla este autor que, en excavaciones llevadas a cabo por José Viloria Rosado, dentro de la Casa de Campo, y en las orillas del Arroyo de los Meaques, se han descubierto cinco lugares con señales seguras de cultura romana. En estos yacimientos, abunda la cerámica llamada terra sigillata, la amarilla con pinturas de tradición ibérica, la jaspeada y la negra. Nos habla también, este mismo autor, del hallazgo de una moneda imperial de Galieno emperador romano (253-268), encontrada en un yacimiento situado entre los puentes de los Neveros y Agachadiza.

Puede asegurarse que existía una villa romana, en las orillas de la estación suburbana de El Lago. Aún puede apreciarse en el terraplén de la vía férrea, restos de esta villa, manchas de ceniza y tejas. Precisamente este yacimiento, fue excavado por Pérez de Barradas, era el año de 1933, pero mejor que no lo cuente el propio José Pérez de Barrada:

“Apenas permitido el libre acceso a la Casa de Campo, D. José Viloria encontró varías estaciones con cerámica romana. Una de ellas escogimos en el verano de 1933 para realizar excavaciones, que fueron acogidas con interés por la Comisión de la Casa de Campo, la cual nos dio toda clase de facilidades y de medios materiales. Es un deber manifestar nuestro agradecimiento a D. Manuel Muiño, a D. Ramón de Madariaga, al ingeniero D. Manuel Álvarez Naya y al administrador de la Casa de Campo D. Luis Perla.

El lugar a que nos referimos está situado en la margen derecha del arroyo de Meaques, entre el puente que conduce a la puerta del Ángel y el puente de la Agachadiza. Es una loma suave, distante de éste unos 200 metros, que tenía el suelo materialmente cubierto de restos de tejas romanas. Las madrigueras de los conejos habían puesto al descubierto en muchos puntos fragmentos de terra sigillata, lo cual, unido a la topografía, parecieron indicios suficientes para suponer allí el emplazamiento de una villa romana.

Las excavaciones comenzaron el día 24 de julio en el extremo E. Se abrió una zanja de 33 metros de larga paralela al arroyo de Meaques, la cual cortó un bolsón de cenizas de 1,10 metros de profundidad máxima y de 26 de largo. Entre las cenizas aparecieron huesos de animales, cerámica tosca, terra sigillata, aunque escasa, tres teselas de mosaico tosco, algún fragmento de estuco y trozos de vidrio y de metal. Perpendicularmente a ella se abrieron dos zanjas, una de 20 metros de larga en el centro del cenizal y otra en el extremo. Aquélla ofrecía una capa de ceniza de 90 centímetros en el principio y de 60 a los 10 metros, para terminar en su extremo. Continuaron los mismos hallazgos. Especial mención merece un fragmento de molino circular de granito.

En la otra zanja no apareció nada en los primeros 20 metros. Después se encontraron grandes piedras de sílex, que fueron utilizadas en la construcción; un fragmento de estuco de 30 centímetros de largo, y a continuación un estrato con trozos de tejas romanas, de 20 centímetros de grueso, debajo de la tierra vegetal. Esto nos hizo confiar en que se encontraría cerca la villa que íbamos buscando, máxime cuando este nivel se prolongaba en la zanja, pero cesó a los 18 metros. Según otra transversal, Piscinas de una villa romana de la Casa de Campo, Madrid sólo tenía cinco metros de fondo. Con las tejas aparecieron algunos ladrillos y dos fragmentos de molinos circulares grandes de granito.

En una zanja paralela a ésta hallamos después un pavimento tosquísimo formado por un empedrado de cantos rodados, que en un principio nos pareció ser un camino que conducía a la villa; pero la solución la tuvimos al poco tiempo, pues en la misma zanja apareció un muro de una piscina. Descombrada ésta vimos que era doble. La primeramente descubierta medía 2,10 metros de larga, 1,35 de ancha y 0,85 de profundidad. En uno de sus lados menores había dos escalones a 48 y 82 centímetros del fondo. La segunda, unida a la anterior, medía 1,80 metros de larga e igual anchura y profundidad. También tenía dos escalones de 45 y 40 centímetros de ancho y a 50 y 85 del fondo.

Estas piscinas estaban hechas con unos muros muy toscos de piedra caliza, unidos por un mortero de cal y revestidos de opus signium de poca consistencia. Nos dieron la solución del problema. No puede comprenderse que el escalón superior estuviera al nivel del piso, puesto que estas piscinas están excavadas en el suelo. Lo lógico es que el piso de la villa estuviera a mayor altura y que ésta haya sido destruida por completo. La capa de cantos antes citada puede interpretarse como la primera hilada de piedra de un pavimento de mosaico tosco, del cual se hallaron teselas en el relleno de las piscinas, y que éstas y aquél correspondan al peristilo. Para afirmarnos en este resultado abrimos nuevas zanjas en otras direcciones, y en efecto, fue comprobado, pues no aparecieron indicios de los que se dedujera lo contrario, por lo cual suspendimos las excavaciones el día 30 de septiembre.

Los objetos aparecidos han sido escasos y pobres. La terra sigillata, en fragmentos que no permiten la reconstrucción de ningún vaso, es lisa, o la decoración es muy sobria. Sólo tenemos dos bordes, quizá de la forma 36 que ofrecen uno una franja de espiguillas y otro de círculos. Dar una fecha por estos elementos nos es imposible. En el material recogido por Viloria hay un trozo de confección indígena.

La cerámica basta es de barro amarillo, negro o rojo. Tampoco han salido trozos suficientes para reconstituir ninguna vasija. De pesas de telar han aparecido cuatro completas y un fragmento de otra.

Son rectangulares, con dos agujeros. Una tiene grabada en su parte superior una X.

La pieza más interesante, aunque de significado desconocido para nosotros, es una de hierro aparecida en una de las piscinas. Consta de dos aros concéntricos de hierro, entre los cuales hay restos de madera. También aparecieron tres clavos de hierro y un trozo de plomo.

Mucho lamentamos el poco éxito de estas excavaciones; pero, no obstante, han servido para demostrar que los hallazgos superficiales son sólo indicios y nunca tienen la importancia que se les da por lo general por amateurs y personas ajenas a la ciencia.”

Carlos Barrio nos habla de otro asentamiento romano, en este caso mejor conservado que el anterior, y situado en el Cerro del Espinillo. Este pequeño cerro, es un resto de terraza fluvial del Arroyo de los Meaques, y nos proporciona bastante material cerámico; sigillatas hispánicas tardías, formas de cerámica común romana, y los ya citados anteriormente, fragmentos de la II Edad de Hierro.

Carmen Guiral Pelegrín en su trabajo: “Un basurero romano en Madrid” nos dice:

“Otros restos romanos, actualmente desaparecidos, se situaban en parajes tales como la Puerta del Batán, donde se hallaron abundantes fragmentos de terra sigillata, el Puente de Segovia, donde según Viloria se hallaron vestigios de un pequeño caserío romano y camino del Robledal, donde fue hallada una fíbula con esmaltes del s. III. Lamentablemente los lugares donde se produjeron estos hallazgos han sido objeto de obras de urbanización y construcción del Ferrocarril Suburbano, por lo que estudiar los restos es prácticamente imposible. Aun así, las labores de prospección llevadas a cabo por el Instituto Arqueológico Municipal permitieron descubrir restos cerámicos en la zona de El Batán”.

Todos estos descubrimientos prueban una continuidad en el asentamiento. Así encontramos el descubrimiento en el Cerro de Cachadizas de una necrópolis visigoda en 1928: también se lo debemos a José Viloria Rosado. Después descrita por Julio Martínez Santa-Olalla, en su trabajo “El cementerio visigodo en Madrid” lo sitúa:

“Saliendo de Madrid por el Puente de Segovia con dirección a Carabanchel se encuentra, frente a las tapias de la Casa de Campo, la colonia del Conde de Vallellano. En las parcelas, sin urbanizar todavía, que lindan con las casas de la parte alta de la colonia, y en un terreno llano o levemente inclinado que forma la cima de un cerro, es donde se ha descubierto casualmente el cementerio visigodo”.

En cuanto a yacimientos medievales, y como último punto de este apartado, indicar, que no existe referencias bibliográficas al respecto. Carlos Barrio apunta que es posible encontrar cerámica melada vidriada y fragmentos decorados a peine en los caminos, siendo posible que existiera algún yacimiento musulmán, pero que actualmente no ha sido localizado.

Yo sin embargo puedo garantizar que la cerámica medieval es abundante en la Casa de Campo hasta el extremo de que aparece en casi todas partes.

Todas las piezas que encuentro las sitúo en el plano de la Casa de Campo con un número y una letra y un segundo número si hace falta, como se vio en el plano que abre este escrito. Para ello he cuadriculando en 20 x 23 partes el plano, combinando números y letras y a su vez cada cuadrícula la divido en cinco partes cuando haga falta más precisión ya que las anotaciones estarían en una parcela formada por un cuadrado de 70 m. de lado. Por lo que los fragmentos encontrados quedan situados más o menos con precisión, teniendo en cuenta que son restos superficiales.

Poco a poca voy a desarrollar uno por uno los diferente lugares marcados y numerados donde aparece material suficiente como para pensar en un asentamiento o como mínimo una ruta o camino por donde se desarrollaba una actividad comercial o de uso continuo entre poblaciones limítrofes. Otros lugares a resaltar son las casas que ocuparon en su tiempo los guardas y personal al servicio de la corona. Algunas de esta casa ya estaban construidas cuando se amplió la Casa de Campo y por el lugar privilegiado que ocupaban es posible que fuera así desde la antigüedad.

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