Rubén Darío en la Casa de Campo

Yo soy el amante de ensueños y formas 
que viene de lejos y va al porvenir… le susurró Rubén Darío a Francisca.

Rubén Darío

Francisca Sánchez del Pozo “Tataya” como la llamaba Rubén Darío es un personaje de cuento de esos en los que nadie cree, pero esta historia es de verdad y sucedió entre uno de los más grandes poetas en lengua hispana el nicaragüense Rubén Darío y una joven provinciana hija de un jardinero de la Casa de Campo de Madrid.
Rubén Darío era una persona difícil, yo diría que un alcohólico que unía a esta enfermedad otra; la religiosidad irracional que le restaba categoría como persona y mucho más como intelectual.

El marte 6 de agosto de 1963 en la necrológica se podía leer:

“Ayer falleció en Madrid, después de larga enfermedad, doña Francisca Sánchez, la fiel compañera de Rubén Darío. Tenía ochenta y ocho años y llevaba hospitalizada varios meses. En el momento de su muerte estaban con ella su hija Carmen y una de sus nietas”.

Ahora esa misma nieta ha escrito un libro sobre su abuela.
Un libro lleno de delirios innecesarios, porque en la verdadera biografía de Francisca la realidad supera la fantasía.
Os podría llenar páginas extensas contando sus vicisitudes, donde no fue oro todo lo que relucía, pero eso está al alcance de todos y el que quiera más que valla a la Complutense donde se guardan el legado de Rubén.

No os aconsejo el libro escrito por su nieta porque está plagado de errores, en él descubriríais una Casa de Campo inexistente, donde trabajaba Francisca, cosa que no es cierta ya que en la Casa de Campo en esa época no había jardineras y el motivo nos lo cuenta en el siglo XVI Gregorio de los Ríos que, por la tradición árabe de la jardinería, consideraban a la mujer “ciertos días” impura para tocar las plantas.

La película que se ha hecho sobre la novela, sin embargo no esta mal, aunque las escenas imposibles de la Casa de Campo nos retrotraen a momentos que nunca se dieron.

Ni que decir tiene que la primera falsedad es el título, nunca Rubén llamó a Francisca “Paca” y menos “Princesa”.  Y sí “Tataya” pero no en el significado de “papá” o “mamá” como se dice en el libro, sino el de “coneja” como se dice en quechua.

Y así podría estar sacando errores de un libro que no merece la pena.

Os dejo con las palabras de Francisca en esta entrevista que dio a poco de morir Rubén Darío:

Una tarde de martes de Carnaval, yo me había disfrazado de serrana. Era -lo recordaré siempre mientras viva- el día 18 de enero de 1900.
Yo acababa de cumplir entonces diez y seis años. «Casi una niña». Pero físicamente, era una mujer. Una mujer alta, fuerte, sana, guapa. Lo que en aquellos tiempos se conocía por «una real moza».

Mi disfraz fue un éxito y me dieron uno de los primeros premios del concurso.
Como una joven que era, alargamos el paseo habitual para mostrar la banda que me habían dado. Iba por la Castellana con mi padre, y todos me sonreían, me lanzaban piropos y saludos. Y cuando, ya cansada, regresaba a mi casa, me encontré con Rubén.
No lo conocía, no lo había visto nunca, no había leído ninguno de sus versos, ya que no sabía leer. Vi a un señor, ya de alguna edad, con bigote y perilla, a quien nos presentaba un conocido de mi padre, Antonio Palomero.

Os presento a mi amigo, el poeta Rubén Darío.

Y vi, al despedirse, cómo los grandes y brillantes ojos del poeta me contemplaban con fijeza.

Volví a verle más veces.
Rubén solía pasear mucho por la Casa de Campo; y cuando supo que mi padre era uno de los jardineros del parque, lo hizo con más frecuencia.
Allí empezaron nuestros paseos.

Paseábamos y hablábamos:
-hablaba él, claro está- del Amor, de la Amistad, de la Poesía.

Fue en esos paseos cuando empezó a llamarme su “musa”.
Su musa le escuchaba extasiada, maravillada ante aquel hombre que tantas cosas sabía y que hablaba tan bien.

Yo era una pobre e ignorante serrana de Navalsanz, un pueblecito de Credos. Mi círculo de conocimientos y amistades eran las hijas de los otros jardineros y guardas de la Casa de Campo; muchachas de pueblo que «servían» aquí, en Madrid.

No éramos iguales. No sólo no hablábamos igual, sino que tampoco pensábamos como él. Él al que todos le llamaban poeta.

Cuando llegó el verano, ya salíamos juntos. Nos veíamos todos los días, a todas horas: en la Casa de
Campo, en el domicilio de una señora amiga, en las verbenas.
Fue cuando conocí a los extraños amigos de Rubén: poetas, pintores, periodistas, cómicos, todos aquellos bohemios que ornamentaban los cafés de Madrid durante los primeros años del siglo XX recién estrenado.
Era un mundo pintoresco y abigarrado que me asustaba un poco; Oía, sin entender, largas y violentas discusiones; me dirigían frases cuyo significado desconocía, cortesías y saludos a los que no estaba habituada.
Pero me fui acostumbrando.
Rubén me parecía bueno, amable, generoso, inteligente.
Cuando nos casemos, pensaba, le llegaré a querer…
Nunca llegamos a casarnos, ya que él no consiguió el divorcio.

Un año después-1901 nos fuimos a París.

Por más de quince años convivieron Rubén Darío y Francisca Sánchez del Pozo…

Francisca Gervasia Sánchez del Pozo era un personaje lleno de contradicciones y cuando se penetra ahora en él, todos los datos de su vida están llenos de confusión. 

En abril de 1900 nació Carmen, fallecida de viruela en marzo de 1901.
En marzo de 1903 Rubén Darío fue nombrado cónsul de Nicaragua, lo cual le permitió vivir con mayor desahogo económico. Al mes siguiente nació su segundo hijo con Francisca, Rubén Darío Sánchez, apodado por su padre «Phocás el campesino». Murió de bronconeumonía el 10 de junio de 1905. Sus restos reposan en el cementerio de Navalsauz, Ávila.

En marzo de 1907 estando en Mallorca y cuando iba a partir para París, Darío, cuyo alcoholismo estaba ya muy avanzado, cayó gravemente enfermo.

A fines de año, el 2 de octubre de 1907 nació el cuarto hijo del poeta y Francisca, Rubén Darío Sánchez, apodado por su padre «Güicho», y el único hijo superviviente de la pareja. Fue educado en colegios de Francia y España. Su padre lo declaró heredero universal cuando tenía 8 años.

 

En 1914, al estallar la Gran Guerra, Rubén y su familia abandonaron París y se trasladaron a España.
Vivieron algún tiempo en Barcelona, y luego fijaron su residencia en Madrid.

El poeta apenas si estuvo aquí unos meses y marchó después a recorrer América, para dar conferencias sobre La guerra y la paz.

Ya no volvería a verlo.

En 1916, moría en Nicaragua, a consecuencia de una pulmonía.
Francisca Sánchez se quedaba sola con su hijo.

En 1923 Francisca logró ir a Nicaragua, en compañía de su hijo, y su nuevo esposo José Villacastín y recoger el legado de Rubén Darío, del que ya se había perdido mucho material  y traerlo a España, donde está en la actualidad.