El cobrador del tranvía de la línea 53
Un instinto privilegiado


Quiero que mires hacia atrás, que viajes al año 1928, y así poder presentarte a una persona por la que siento gran admiración; se llamaba José Viloria Rosado, era andaluz afincado en Madrid, nació en 1890 en Arcos de la Frontera (Cádiz).
Se ganaba la vida como cobrador nº 164 en los tranvías de Madrid.
No era José Viloria un ciudadano cualquiera y te lo voy a demostrar. Vivía en la calle Juan Antón nº 39 una de esas calles que nacen en el Paseo de Extremadura.
Su trabajo como cobrador del tranvía de la línea 53, línea que ya circulaba hasta la Puerta del Ángel pero desde el 20 de febrero de 1928 prolongaron su trayecto desde la Puerta del Ángel a Cuatro Vientos. Tranvía muy importante para esta zona y sobre todo para los soldados que bajaban de Campamento a Madrid. Línea que estuvo funcionando hasta el 27 de agosto del año 1963.

José Viloria también dibujaba caricaturas que luego se publicaban en la Revista Transporte, donde criticaba la nueva línea de la Puerta del Ángel. Así lo vemos en uno de sus dibujos.
La tarea de José Viloria, se desarrollaba entre la estatua de Felipe III en la Plaza Mayor, el Puente de Segovia, Puerta del Angel a la Casa de Campo, el Paseo de Extremadura, los tejares de El Batán y los cuarteles de Campamento y Cuatro Vientos.
No resultaba fácil ser cobrador de este tranvía ya que tenía unas tarifas muy variadas y especiales; su trayecto era de 8.476 metros desde la Plaza Mayor hasta Cuatro Vientos y a efecto de tarifas se dividía en cinco tramos: A diez céntimos de peseta cada uno.
Plaza Mayor-Puerta del Ángel, Puerta del Ángel-Término, Término-Portazgo, Portazgo-Campamento y Campamento-Cuatro Vientos.
Además existía una tarifa para soldados con uniforme de 30 céntimos.
José Viloria no sólo vendía los billetes, sino que vigilaba que cada usuario llevara el que le corresponde, es decir que se bajara allí donde dijo que iba.
Este gaditano de 38 años casado y con cinco hijos, ganaba como cobrador de tranvías 7 pesetas con 50 céntimos al día, con lo que a duras penas lograba sacar a su familia adelante, pero no quiero entristeceros con las penurias de la época, porque aún así José se siente privilegiado por tener un puesto de trabajo en una compañía importante.
A estas alturas os preguntaréis el motivo de que os hable de José Viloria, a parte de haber sido un cobrador de una línea de tranvías que cogía la gente para venir a la Casa de Campo por este lugar.
José Viloria tenía una afición o aficiones a la arqueología y a la paleontología. Y lo hacía a pesar de su familia, que en más de una ocasión amén de tratarle como demente, le tiraba sus preciosas colecciones.
El lugar de interés para sus descubrimientos lo tenía en los tejares que abundaban en estos lugares en aquellos años.
Pero vallamos por turno, Pepe Viloria cuando se vino a Madrid desde Córdoba y por motivos de sus aficiones, se hizo amigo de Eduardo Hernández Pacheco jefe de paleontología del Museo de Ciencias Naturales de Madrid, una eminencia en su parcela, al que le regalaba sus hallazgos y este tenía el detalle de nombrarle en sus escritos e incluso dedicarle un apartado en su Enciclopedia de Historia Natural.
¿Por qué viene a estos lugares de la Casa de Campo y El Batán?
En primer lugar; por la proximidad a su domicilio, solo tenía que atravesar la recién abierta Puerta del Madroño y ya estaba en la Casa de Campo.
Pero la principal y que atrae a todos los estudiosos de la paleontología, ciencia que estudia e interpreta el pasado de la vida sobre la Tierra a través de los fósiles, es que en estos terrenos, paralelos a la Carretera de Extremadura, se escarbaba cada día y a veces noche para sacar tierra y fabricar con ella ladrillos. Esta actividad milenaria hacía que este lugar fuera el más propicio para hallar restos arqueológicos y más cosas de su interés. Así qué cuando sus obligaciones como cobrador se lo permitía, se acercaba a los terrenos de El Batán y la Casa de Campo, a ver si aparecía algo.
A veces lo hacía a escondidas, observando a los minadores cómo sacaban la dura tierra con su esfuerzo y rudimentarias herramientas. Se escondía para no entretener su trabajo. Cuando creía ver algo, se hacía notar para que pararan un momento y así examinar los restos sospechosos. Por eso, no siempre era bien recibido, porque cuando se producía un descubrimiento se paraba la faena unos instantes y a ellos, que trabajaban a destajo, les hacía perder tiempo y dinero.
Aquí en la zona, entre el Término (hoy calle Dante) y las Ventas de Alcorcón (Paseo de Extremadura 300) a la derecha en dirección a Badajoz había tres tejares, en esa época, que nos importan, ya que en ellos se han producido los más importantes hallazgos.
El primer tejar y más cercano a las Ventas de Alcorcón era el Tejar de Ignacio Peña y a continuación el de Marcelino Barrio, lugar frecuentado por geólogos y paleontólogos de resonancia científica por las facilidades que sus dueños daban a los investigadores y por los muchos hallazgos que en ellos se habían realizado.
Otro, situado más cerca de Madrid, se le conoce como el Tejar de “El Chapa” apellido de su propietario Modesto Chapa, que aunque tenía cinco hijos; tres chicas y dos chicos, es Modesto, el hijo mayor, el que lleva los negocios con su padre; Modesto Chapa Ferriol, que a su vez lo había heredado de su padre.
Modesto Chapa Ferriol, podríamos decir que era un terrateniente, ya que aparte de este tejar, era propietario de infinidad de solares, terrenos y casas en la capital.
Su hijo, Modesto Chapa Lausirica, se desplaza al tejar desde su domicilio en la calle Luchana nº 31, en su Auburn, un automóvil americano o con su Chrysler, pues tiene varios automóviles. Cuando estaba don Modesto, como se hacía llamar, José ni se acerca, pues sabía que no le dejaría entrar al tejar.
Restos de animales prehistóricos
En estos tejares y con muchas dificultades, es donde realizaba Pepe Viloria sus observaciones y descubrimientos. Los tejeros no comprendían a Pepe, incluso se reían de él, cuando le observaban con su pico escarbando cuidadosamente sobre el terreno duro de El Batán. Y cuando se enteraban de que lo hacía gratis y a costa de su tiempo libre, la cosa tomaba, para ellos, tintes de locura.
Pepe Viloria sabía que en el tejar de Marcelino Barrio, también conocido como del Olivillo, en el año 1914 Eduardo Hernández Pacheco había encontrado restos de animales prehistóricos como el Anchitherium aurelianense ezquerrae (Meyer 1844) una especie de caballo prehistórico extinguido. Esto animaba a Pepe Viloria a seguir visitando el Tejar del “Chapa”. Conversando con sus trabajadores para familiarizarse con ellos y para enseñarles a distinguir los fósiles del resto de piedras sin valor. Muchos de los trabajadores eran vecinos suyos, que mal vivían, en las chabolas pegadas a las vías del tren del Barrio del Lucero.

Después de muchas visitas al tejar, un día, Pepe recibe la recompensa a su tenacidad: entre la apretada tierra amarillenta apareció algo que rápidamente supo distinguir. Le vino a la mente una noticia que sorprendió a Madrid en agosto de 1872, entonces en el Arroyo de los Meaques de la Casa de Campo, el naturalista y entomólogo madrileño Ignacio Bolívar Urrutia descubrió una tortuga fósil gigante Geochelone bolivari a la que Hernández Pacheco en 1917 pone bolivari en honor al laureado naturalista.

Pepe sabía que esta zona era similar, y así sucedió: En el Tejar del “Chapa” en 1928 descubre una tortuga gigante de las mismas característica que la que descubrió Bolivari.
Sin tomar precauciones corrió a contárselo a su amigo Eduardo Hernández Pacheco.
Este vino lo antes que pudo, junto con su hijo aficionado también a la paleontología.
Pero… ¿Qué se encontró?
Nada.
Los obreros habían destruido el hallazgo, sólo quedaban algunos pedazos, que Pepe recogió entre lamentaciones. Los obreros se justificaban diciendo que ellos tenían que continuar su trabajo.
Pepe Viloria los comprendía, incluso los excusaba de su poca sensibilidad, ninguno sabía leer ni escribir y menos qué era eso de la paleontología.
Pero José Viloria no se desalentó.
Años después sería recompensado y en el mismo Tejar del Chapa encuentra otro caparazón completo de tortuga, esta vez, ayudado por algunos de los tejeros se lleva la pieza a su casa el mismo día.
Nuestros antiguos vecinos de la Casa de Campo
Pero uno de los hallazgos más importante de su vida, se iba a producir un día al regresar a su casa, a la altura del nº 131 del Paseo de Extremadura, observando a unos trabajadores que estaban haciendo las zanjas para edificar la futura Colonia del Conde de Vallellano, cerca de su casa, le sorprendió unos restos que los trabajadores a base de pala y pico estaban dejando al descubierto. Se trataba, ni más ni menos que de un cementerio visigodo, con fragmentos de cerámica, un cuenco casi completo dentro de una tinaja y restos de un molino.

Pepe se hace con las piezas, pagando a los obreros que las habían descubierto y le lleva las piezas al que era en ese momento un especialista en el tema, su paisano el laureado arqueólogo José Pérez de Barradas, que debido a sus conocimientos describió todas las piezas y a la vez se apuntó el descubrimiento.
De este encuentro, surgió una especie de amistad entre ellos y juntos excavaron no solo en El Batán y la Casa de Campo, sino allí donde la intuición le decía a José Viloria que había algo bajo la tierra.
Gracias a este tranviario sabemos que en la Casa de Campo y El Batán están cimentadas sobre antiguos asentamientos que ocultan infinitos tesoros del pasado. En este lugar vivieron romanos, visigodos, judíos y cristianos, lo sabemos de buena mano, las de José Viloria Rosado, José Pérez de Barradas y porqué no de las mías.


Ver su descubrimiento dentro de la Casa de Campo y que fue excavado en 2019.

Como reconocimiento a José Viloria Rosado, y a título personal, le pusimos su nombre a un yacimiento romano en la Casa de Campo llevado a cabo en 2019.
Para trazar una biografía de José Viloria Rosado hemos tenido que recurrir a la prensa de los años 1920-30, cuando este tranviario se hizo muy popular gracias a sus descubrimientos en el campo de paleontología y arqueología madrileña. Fueron estos descubrimientos y su condición de cobrador de tranvía, los que le llevaron a aparecer en periódicos y revistas contando, no solo sus hallazgos, sino cosas de su propia vida.
Utilizando sus propias palabras sacadas de las entrevistas y algunos datos de otras fuentes, nos acercaremos a este personaje al que profesamos una profunda admiración.
La primera información de prensa que tenemos de José Viloria es del año 1928, información que mezclaremos con otras posteriores que darán una idea cronológica y llena de algunas contradicciones propias de la trascripción de la prensa.
Empezaremos por el artículo que aparece en el diario Heraldo de Madrid el martes 24 de abril de 1928 firmado por: Francisco Burgos Lecea. Y de otro aparecido en el Mundo Gráfico el 6 de agosto de 1930 y firmado por el escritor Enrique Contreras Camargo. (Reducidos a lo que nos interesa).
“Llamo en la puerta de la casa número 39 de la calle de Juan Antón (Paseo de Extremadura, extrarradio Latina), después de campear no sé cuántos metros sobre el barro insoportable de las afueras…”
“Pepe Viloria se conduele del estado lastimoso en que llego a su hogar”.
“… vi que tres lobos -sus hijos-, hipnotizándonos con sus ojos brillantes, nos comían, y que una pobre loba -su compañera-, toda humildad, toda pobreza toda amargura, nos miraba…”
Y al enseñarme su casa, qué maldita miopía la mía, ya no veo más que un trabajador que gana 7,50 de jornal, una mujer y tres hijos. Pero hay algo que me hace olvidar un momento, sorprendido, estupefacto, la tragedia que ven mis ojos convexos.
Encontrar bajo el modesto uniforme de los funcionarios de tranvías al hombre de carrera que vive el drama de no haber podido ver coronados felizmente sus esfuerzos por virtud de la práctica de la profesión elegida, es frecuente. Abogados, médicos, oposicionistas de toda índole que sin medios propios ni protección ajena se ven precisados a renunciar a sus aspiraciones y acuden en solicitud de uno de esos destinos con los que sólo se resuelve el problema más perentorio de no morir de hambre, hay tantos, que a nadie puede sorprender encontrarse con uno de ellos en las plataformas de los tranvías o en las profundidades del Metropolitano; pero dar con un investigador geólogo ya es hallazgo que entra en el dominio de las cosas raras.
¿Eres arqueólogo?
No soy arqueólogo. ¡Ojalá!
José Viloria había nacido el 19 de marzo en la Isla de San Fernando 1890, con catorce años se trasladó con sus padres a Medina de Rioseco, ya que su padre tuvo que hacer de sustituto en el Registro de la Propiedad de ese pueblo. Allí empezó su contacto con la naturaleza, y como muchos niños empezó cazando insectos.
“Los buscaba, los capturaba y los coleccionaba de una forma bárbara, primitiva”. “Acababa de ser dado de alta en el colegio, ya en condiciones para estudiar una de las carreras llamadas cortas”.
“Al ser trasladado mi padre a La Carolina se empeñó en que me preparase para la carrera militar.
“Me compró los libros necesarios, pero yo no estudiaba, porque mi afición no era aquélla. La Naturaleza me atraía fatalmente. En La Carolina, allí no eran insectos los que coleccionaba, sino minerales”. “En La Aliseda, en Santa Elena, en Ventas de Cárdenas, en plena Sierra Morena, recogía pizarra, plomo, orillo…Los minerales traté de guardarlos en mi casa; pero mi familia, después de regalarme grandes palizas, me los tiraba”.
“Viendo mi padre que no estudiaba, intentó mandarme a Madrid para colocarme; pero mi madre se opuso tenazmente, temiendo que en la corte me hiciese un granuja. Triunfó su criterio, pero imponiendo yo una condición: la de que mi padre me comprase una Historia Natural”.
“Al convencerse mi padre que yo no estudiaba más que aquella maldita Historia Natural, que para nada me serviría, me colocó en Arcos de la Frontera, en la notaría de D. Miguel Mancheño Olivares, sin darse cuenta de que venía a caer precisamente en manos de un célebre arqueólogo e historiador de la provincia de Cádiz. Y en lugar de trabajar él como notario y yo como escribiente nos pasábamos muchas horas hablando de Prehistoria. En Arcos de la Frontera fue en donde descubrí una cueva, la cueva del Higueral; pero me dio miedo explorarla. Al contarle mi descubrimiento al Sr. Mancheño y Olivares me explicó lo q u e significaban para la historia de la Humanidad esos hallazgos y me demostraba sobre su colección de piedras y huesos lo que era todo aquello y en lo que se caracterizaba lo prehistórico de lo no prehistórico”.
“De Arcos de la Frontera, el año 1909, me escapé para defender a la patria, influido por la pasión patriota”.
“En Melilla, en compañía de don Marcelino Puertas, herrador de primera, que hoy presta sus servicios en el regimiento de Artillería de campamento, buscaba minerales y fósiles con peligro de nuestras vidas, pues nos alejábamos mucho de las distancias autorizadas por los mandos militares. Allí encontré muchas lascas de sílex; pero como todavía no sabía yo el valor que podían representar, las tiraba cuando íbamos de un campamento a otro”.
“Cuando me licenciaron en África y llegué a mi hogar se encontraba en la más espantosa miseria. Había muerto mi padre. Y yo no tuve más remedio que colocarme en lo que pudieron agenciarme. África me aniquiló.
“Terminado en Córdoba mi servicio militar como sargento, contraje matrimonio con una madrileña, de quien tiraba tanto el suelo natal, que no tardó en convencerme de que nos trasladáramos a Madrid, donde, según ella, sería más fácil encontrar una colocación adecuada a mis aptitudes y a mis gustos. Esta misma esperanza, venciendo mis temores, hízome decidirme, y poco después estábamos instalados en una humilde vivienda de la Corte”.
“Pero mis esfuerzos para encontrar pronto una colocación no daban los resultados apetecidos. Las escasas amistades de algún valimiento con que podía contar en Madrid, abrumadas, sin duda, por pretensiones parecidas, no resolvieron mi problema, y como éste se presentaba cada día más apremiante, habiendo venido ya dos hijos al mundo, no tuve otro remedio que acudir en solicitud de una plaza de cobrador a la Empresa de los tranvías, y así logré conjurar el conflicto de atender a las necesidades de los míos”.
“En los diez años que llevo en Madrid, otros tres hijos han venido a agudizar el problema, obligándome a permanecer en este destino, que, si no me libra de privaciones, me permite que en mi hogar no falte lo imprescindible para el sustento”.
“Una vez colocado, en los ratos libres me dediqué a visitar los museos, y cuando llegué al Museo Arqueológico Nacional, y a su sala de Prehistoria, mi alegría no tuvo límites. Entonces, febrilmente, me dediqué en las afueras y terrenos de Madrid a buscar trozos de pedernal tallado por el hombre prehistórico. Conseguí una colección bastante grande, pero mi familia me amenazó con tirarme todas aquellas piedras y meterme en un manicomio si seguía por aquel camino, viéndome perdido, le escribí una carta al director del Museo Arqueológico, a cuya carta no obtuve respuesta. Desalentado, me fui al Museo Nacional de Ciencias Naturales, y allí me presenté al jefe de la sección de Geología y Paleontología y catedrático de la. Universidad Central, don Eduardo Hernández-Pacheco. El señor Hernández-Pacheco ha sido para mí un padre. El me animó siempre…, siempre…”
¿Hacía usted las excavaciones?
—-No. aprovechaba las que hacían para los tejares.
—¿En Madrid qué has descubierto?
“Aunque está muy extendida la creencia de que en Madrid no existen vestigios prehistóricos, es lo cierto que abundan, como lo prueba el hecho de que yo mismo, sin medios materiales para realizar excavaciones, y sin otros recursos con que facilitar ese trabajo que los escasísimos de que me permite disponer de tarde en tarde mi humilde posición, imponiéndome las mayores privaciones, he encontrado bastantes cosas de indudable interés para estos estudios”.
“…he descubierto un yacimiento de huesos, en su mayoría de Anquiterio, en una de las orillas del Manzanares, cerca del Puente de los Franceses. Otro en el paseo de las Moreras, Moncloa, de trozos de molares de Mastodonte. En la fábrica de rasillas de D. Modesto Chapa (en El Batán) descubrí una tortuga gigante. Di conocimiento del hallazgo al señor Hernández-Pacheco; pero cuando fue a verla con su hijo don Francisco tuve la mala suerte que un pobre obrero, ignorante de lo que destruía con su pico, la hiciese pedazos. No se pudo aprovechar más que un trozo de caparazón y algunas falanges”.
“Detrás de la Escuela de Tiro de Carabanchel descubrí indicios evidentes de un poblado romano, y cerca de la finca de las Oblatas y trinchera del ferrocarril de Ingenieros, varios ladrillos con dibujos, barros saguntinos, varios trozos ibéricos y un plato completo”.
“otro poblado romano, en el que aún se conservaba una piscina cuyo revestimiento era de un material extraño que sin un detenido estudio no puede precisarse”.
“En el paseo de Extremadura, en los terrenos que hoy son propiedad del señor Cantó, aprovechando las zanjas que hicieron para la urbanización del terreno, descubrí un yacimiento neolítico. Allí encontré sílex la mayoría atípico, fragmento de cerámica, un cuenco casi completo que estaba dentro de una tinaja, una piedra pulimentada y restos de molinos, al parecer de mucho interés. Todo el hallazgo se lo llevó al señor Pérez de Barradas, ya célebre prehistoriador, y a don Fidel Fuidio, descubridor de los restos de la ciudad romana de Villaverde”.
Y estos últimos hallazgos en la Ciudad Universitaria, ¿cómo los ha conseguido usted?
“Convaleciente de una operación que ha exigido mi padecimiento del estómago, paseaba con mis hijos una tarde por la Moncloa y, como siempre, mi deseo de descubrir algo interesante me llevó hacia donde vi que estaban removiendo el terreno. En un corte advertí unos semicírculos que me llamaron la atención, y apenas comencé a examinarlos, descubrí fondos de cabañas y otros objetos que denunciaban la existencia de un poblado prehistórico. Di aviso al señor Pérez de Barradas, quien, convencido de la importancia del hallazgo por los fragmentos que le llevé, hizo las gestiones necesarias para ampliar el descubrimiento”.
“No se te olvide hacer constar que poseo una Historia Natural, regalo del señor Hernández-Pacheco, cuya parte geológica y prehistórica está escrita por él, dedicada a mi humilde persona. La dedicatoria dice así: «A José Viloria, entusiasta aficionado a la Prehistoria”.
“No dejes de hacer constar también que tanto el señor Hernández-Pacheco como su hijo D. Francisco, como el señor Pérez de Barradas, han hecho por mí todo lo que han podido. Que mi agradecimiento hacia ellos es eterno”.
Tendrá usted una colección interesantísima, que convertirá su casa en un museo.
“Nada absolutamente. Cuanto he ido encontrando en mis tenaces investigaciones he ido donándolo al Museo Prehistórico Municipal, instalado actualmente en la Plaza Mayor, y allí se conserva debidamente clasificado y rotulado”.
Pero su esfuerzo habrá tenido la debida recompensa.
“La única que he perseguido, con el propósito firme de no admitir otra, ha sido la satisfacción personal de poder contribuir con mis modestos trabajos al estudio de esta materia tan interesante”.
“Y mientras dibuja me fijo en su rostro, y es tan pálido, es tan demacrado, es tan de hambre, hay tal tragedia en sus ojos, que me vuelvo loco creyendo que he descubierto que el hombre vivió en el período terciario”.
“Dicen que e] Rey me ha propuesto para una recompensa, pero para mí la mejor sería que me emplearan en el Museo Arqueológico. (Periodico la Unión Ilustrada 1930).
Conversación con Eduardo Hernández-Pacheco
“…en las fichas de las colecciones del Museo, en todas ellas, consta el nombre del descubridor; Don José Viloria”.
¿No merece, querido profesor, este hombre una protección por parte del Estado?
“Decididamente. Yo quise ayudarle, pero los medios con que contamos en el Museo son todavía escasos. Enterado que para sus descubrimientos de su exiguo jornal de tranviario gastaba en gratificaciones a personas que le auxiliaban y respetaban en lo que descubría, le conseguí pequeñísimas consignaciones para ese objeto. Me costó gran trabajo que Viloria me aceptase este dinero. Me declaraba que él se dedicaba a la Prehistoria no por egoísmo, sino por amor a ella. Tengo la seguridad plena que del dinero que yo le he dado, bien poco por cierto, no ha gastado ni un céntimo en atención personal”.
“En mis Memorias siempre le he hecho figurar como el prospector del Museo”.
Consideraciones de Enrique Contreras Camargo:
“Si todo el que consagra su inteligencia y sus esfuerzos a la elevación del nivel cultural de su Patria es digno de elogio, de estímulo y de recompensa, ¿no ha de serlo mucho más quien, como este modesto cobrador del tranvía, invierte las horas de descanso que le deja el penoso servicio en esas tareas de investigación dificilísimas por la escasez de medios de que dispone para realizarlas y que tan indudablemente aprovechan al estudio y conocimiento de la prehistoria?”
“Nosotros creemos que José Viloria es digno de estímulos más eficaces de los que hasta ahora ha recibido. Que su constancia, su inteligencia, su desinterés deben ser premiados, y sus aptitudes aprovechadas en bien de la ciencia y en beneficio de quien tan evidentes pruebas lleva dadas de poseerlas en alto grado, en vez de dejarle que consuma su vida en ese humilde menester a que se ha visto precisado a recurrir para librar a los suyos de la miseria”.
Las presencias de José Viloria Rosado en los medios de comunicación hicieron que la empresa de tranvías, a partir de su fama, le diera licencia con sueldo para investigar en algunos yacimientos
Así lo recoge el Anuario de Prehistoria Madrileña de 1930:
“A D. José Viloria se debe el descubrimiento y exploración de otros fondos de la Colonia del Conde de Vallellano, próxima a la carretera de Extremadura, con cerámica del vaso campaniforme. Merece citarse un trozo con dos soles grabados”.
En julio de 1933 junto a José Pérez de Barradas, comenzaron una excavación en una zona cercana, pero en la vertiente de la Casa de Campo. En esa zona Viloria había encontrado restos de lo que se suponía un yacimiento romano.
Así lo recoge el Anuario de Prehistoria Madrileña en un trabajo de Pérez de Barradas:
“Apenas permitido el libre acceso a la Casa de Campo, D. José Viloria encontró varías estaciones con cerámica romana. Una de ellas escogimos en el verano de 1933 para realizar excavaciones… Las madrigueras de los conejos habían puesto al descubierto en muchos puntos fragmentos de terra sigillata, lo cual, unido a la topografía, parecieron indicios suficientes para suponer allí el emplazamiento de una villa romana”.
Por circunstancias inexplicables estos trabajos quedaron abandonados, pero ya confirmaban la existencia en la Casa de Campo de una población romana ligada a Miacum esa que el itinerario Antonino situaba entre Titulcia y Segovia.
“…atendiendo a criterios toponímicos que la relacionan con el arroyo de Meaques. en el interior de la Casa de Campo. Los seguidores de estos planteamientos, que había iniciado Saavedra (1862) y continuado Blázquez (1898) Blázquez y Sánchez Albornoz (1920) verán afianzadas sus hipótesis por las excavaciones efectuadas por Pérez de Barradas en 1933, cuyos resultados hicieron a Fuidio (1934) adherirse también a esta idea”.
José Pérez de Barradas, escribe estas reflexiones sobre las villas romanas de Madrid:
“sería necesario excavar una de las varias situadas en los alrededores en Madrid, concretamente, merecerían una excavación metódica las ruinas de una probable villa existente en la Casa de Campo, en las márgenes del arroyo Meaques, no lejos del puente del Robledal”.
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| Dibujos reproduciendo algunos de los objetos encontrados en la necrópolis descubierta por Viloria |
Estos objetos visigodos están depositados en el Museo Arqueológico Nacional, se dice que proceden de una necrópolis desaparecida ubicada en Tetuán de las Victorias lógicamente se trata de un error, ya que en Tetuán de la Victoria no se ha descubierto nunca un yacimiento visigodo. El error se produce porque en Tetuán existe una calle dedicada al Conde de Vallellano, de ahí la confusión con la Colonia del Conde de Vallellano, que es la Colonia que conocemos como de «los Hotelitos«, lugar de donde proceden las piezas.

No quiero dejar de mencionar un hecho que será de suma importancia para José Viloria; su encuentro con el escritor, poeta, músico etc.… Álvaro de Orriols en el año 1933. Leamos como fue el encuentro contado por el propio Álvaro para el Periódico Heraldo de Madrid 27 de julio de 1933. (Hay que puntualizar, por los comentarios, que el encuentro tuvo que ser a principios de julio, aunque la publicación sea de finales).
DESCUBRIMIENTO DE UN POBLADO Y UNA NECROPOLIS ROMANOS DENTRO DEL TERMINO MUNICIPAL DE MADRID.
Lejos de mi ánimo está, al trazar estas líneas el deseo de sentar plaza de erudito en materia arqueológica, por lo que voy a limitarme a la simple exposición de un curioso e interesante hallazgo, dejando a la competencia de los técnicos y de los sabios el desentrañamiento de esta nueva página que se abre en el libro histórico que marca los primeros balbuceos, confusos aún, de aquellas mocedades de la capital de España.
Y he aquí como, de la manera más sencilla, puede enfrentarse un moderno poeta del siglo de la luz con el venerable antepasado celtibero perdido ya en las brumas de las remotas edades.
Me hallaba hace unos días contemplando desde el jardín de mi hotel, cómo en mi campo contiguo, y a pocos metros de distancia, varios obreros volqueteros se dedicaban al desmonte de unos terrenos arenosos, cuando, de pronto, al caer uno de los bloques, apareció ante mi vista un espectáculo por demás curioso o interesante.
A unos veinte centímetros de profundidad de la superficie del suelo, dibujada la silueta sobre el muro de tierra formado por el corte, se mostraban en perfecta alineación unas a modo de tumbas de una antigüedad evidentemente remota.
Cuando en la tarde del mismo día me disponía a reconocer los terrenos, acuciado por la curiosidad de arrancarle a la tierra su secreto, una nueva figura apareció en el horizonte de este reportaje arqueológico y macabro.
Un hombre, pausado y silencioso, rebuscaba cuidadosamente entre el montón informe de terrones y arenas desmontados.
Sospechando se tratará de algún sabio arqueólogo me acerqué curiosamente a él.
Era un modesto obrero tranviario.
Creí reconocerlo.
—¿Es usted acaso don José Viloria?
—El mismo, para servirle.
—¿Un nuevo hallazgo arqueológico?
—Sí, señor. Y creo, además, que interesante.
No me había engañado mi presentimiento. Me hallaba ante don José Viloria el culto tranviario arqueólogo. ¿Quién que tenga amor a esta clase de estudios no ha oído hablar alguna vez de este hombre inteligente y voluntarioso, a cuyos entusiasmos tanto debe la Arqueología madrileña?
A sus esfuerzos hay que agradecer el descubrimiento del yacimiento neolítico de la Ciudad Universitaria y el no menos importante de la necrópolis -neolítica también—surgida en les terrenos de la Colonia del Conde de Vallellano. A él se debe, asimismo, el hallazgo de varios yacimientos paleolíticos en San Fernando de Henares, Villaverde y Madrid. Y el descubrimiento de 53 yacimientos romanos en nuestra capital y sus alrededores, entre ellos el que en breve se va a excavar por cuenta de nuestro Ayuntamiento en la Casa de Campo.
—¿Tenía usted referencias de esta necrópolis?
—Ninguna, pero desde hace aproximadamente un año ya sospechaba de su existencia.
—¿Algún indicio?
—Sí. Unos pedazos de teja romana y una moneda de Pompeyo que hallé junto al yacimiento neolítico descubierto por mí en estos terrenos. Esto me incitó a buscar el poblado que hallé, hará aproximadamente un año, allí, al final de este declive, en el mismo lugar en el que hoy se levanta el edificio del grupo escolar Joaquín Dicenta. Durante las obras de construcción pude apreciar los restos de este poblado y mis suposiciones quedaron confirmadas al descubrir unas ruedas de nudillo de factura francamente romana.
Hallado el poblado, no podía estar lejos la necrópolis. Seguí buscando por estos terrenos basta encontrar, por fin, la prueba indubitable de su existencia: un cráneo humano, que me apresuré a llevar al Museo Municipal.
—Se iniciarían excavaciones…
—Nada se ha hecho hasta la fecha. Pero yo no me he desalentado en la lucha y he seguido buscando hasta hallar la verdadera situación de la necrópolis. Que, como usted puede ver, es esta.
¿Ha tropezado usted con dificultades en la realización de sus investigaciones?
—Por el contrario. El guarda de estos terrenos ha sido un gran auxiliar para mí. Gracias a las facilidades que él me ha dado he podido proseguir mis investigaciones, cuyo resultado es el hallazgo de estos objetos que justifican plenamente mi sospecha. de que nos hallamos ante una necrópolis verdaderamente interesante. ¿Puramente romana?… ¿De los albores del visigótico?… Vea usted.
Y el señor Viloria pone en mis manos varios objetos maravillosamente pintados de cardenillo.
Descuella entre ellos un broche cuidadosamente trabajado en el que aún se, ven dos piedras redondas y azuladas y un cuadrilátero amarillento y biselado en el centro, todas, al parecer, de vidrio. El resto de las piedras se ha caído ya bajo la presión, sin duda, de las tierras.
A primera vista pudiera parecer este broche de origen visigótico. No obstante, una fíbula, admirablemente trabajada, me desorienta. Es su dibujo mucho más rico que el que presentan otras fíbulas romanas halladas en terrenos de Madrid. Es, desde luego, distinta. Pero el sabor de su dibujo tiene reminiscencias helenas. Lo mismo ocurre con una hebilla cuya lengüeta figura una serpiente, reminiscencia helénica también.
¿Tendría razón D. Juan López de Hoyos al afirmar—ante esta divisa griega hallada en Puerta Cerrada— un origen helénico a la remota fundación de nuestra villa?
No me atrevo a creer admisible esta suposición, si se tiene en cuenta que esta serpiente también se muestra en objetos de indudable origen romano. Más bien puede aparecer en ellos como una consecuencia natural de la helenización sufrida por el país conquistador.
Sea lo que fuere, lo cierto es que estos objetos tienen un indudable valor documental. Y mucho más si los consideramos como promesa de lo que puedo hallarse en esta necrópolis, al parecer extensa, si saben trazarse en ella unas prudentes excavaciones técnicamente desarrolladas
Las sepulturas son curiosas. En lo que puede apreciarse a simple vista, presentan un fondo y una cubierta de ladrillo de fabricación indudablemente romana, lo mismo que los fragmentos de teja curvada. Cubren los laterales de la huesa unas losas, toscamente labradas, de yeso nativo y, en menor proporción, grandes bloques de toba perfectamente conservados.
Restos de madera semifosilizada y algunos clavos de hierro totalmente oxidados. Y muchos huesos, partidos y diseminados aquí y allá, entre los terrones, por el pico inconscientemente sacrílego de los volqueteros.
Así, frente a las tumbas de un remotísimo pueblo celtibérico, a ocho metros escasos de mi hotel, conocí hace unas tardes al simpático y culto tranviario arqueólogo D. José Viloria, el modesto obrero que desinteresadamente trabaja desde el año 1920 por el enriquecimiento del tesoro arqueológico de nuestra capital.
Han pasado unos días desde aquella tarde. Ha venido a visitarme, a requerimientos míos, el Sr. Viloria.
Según me dice, en unión del señor Barradas, director de nuestro Museo Municipal de Prehistoria, ha ido a visitar al director del Museo Nacional para mostrarle los objetos hallados.
—¿Y qué ha dicho? —le preguntó.
—Se ha quedado con ellos, en virtud de un decreto que, según me ha dicho, obliga a entregar al Museo todos los objetos hallados que tengan valor arqueológico. Me han dicho que presente una instancia solicitando que se me abone el valor que luego les sea estimado. Pero yo no pienso presentarla.
—¿Por qué?
—En primer lugar, porque yo no trato de lucrarme con mis donaciones al Museo. —Y en segundo lugar…
—Porque se me ha indicado reiteradamente que haga constar en ella que esos objetos los he hallado casualmente. Y a eso, desde luego, me resisto. El hallazgo lo debo a mi intuición y a mi perseverancia. Hace un año que persigo esa necrópolis. Bien lo sabe el Sr. Barradas, a quien entonces se lo comuniqué.

| Los terrenos de la Necrópolis, José Viloria y el poeta Orriols. Al fondo el edificio del Grupo Escolar Joaquín Dicenta, donde se hallan los restos del poblado. (Foto Díaz Casariego.) |
—¿Y habiéndolo usted comunicado no se ha hecho nada en todo un año para evitar la desaparición de este tesoro documental?
—Usted mismo lo ve. No se ha hecho nada.
Mi nuevo amigo, el tranviario arqueólogo, se ha marchado cuando ya anochecía.
He salido al jardín.
A unos metros de distancia abren sus bocas las tumbas misteriosas. Más allá, al fondo del declive, el grupo escolar Joaquín Dicenta se va difuminando en luces de crepúsculo.
Y bajo la emoción de la hora el poeta va ganando terreno en el ánimo del arqueólogo ocasional.
Y el poeta ve surgir, en el contraluz que forma la silueta del altozano cortado a pico, la triste comitiva del viejo enterramiento. Vibran en un eco los ayes de dolor. El campo se puebla de fantasmas y parece que todo un pasado ha tomado vida sobre el mismo campo de la muerte.
Y desde el lejano poblado, rasgando el aire, llegan las bravas notas de una canción celtibérica que una moza garrida ha lanzado saludando a la noche.
Un salto gigantesco sobre el lomo del tiempo.
En el opuesto horizonte, como un reto a las sombras, brilla el Madrid moderno, inundado de luz.
ENVIO
Señor ministro de instrucción Pública: En campos de Madrid hay una necrópolis romana de indudable valor artístico y arqueológico amenazada de destrucción inminente. ¿Habría medio humano de salvarla?
¿Y habría medios, humano de que se premiara también la labor meritoria de este modesto obrero tranviario que, robando horas a su trabajo, cargado de obligaciones familiares y con escaso jornal, tan tenazmente labora en pro de este aspecto de nuestra cultura patria?
La Monarquía le ofreció recompensas que nunca cumplió,
¿Será igualmente ingrata con él nuestra República?
Seguramente ¡no Nuestra República es símbolo de Justicia. Y en esto caso el premio es merecido y justo.
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Así termina el reportaje de Álvaro de Orriols pero después de este encuentro surgió entre ellos una colaboración muy importante. Los dos eran vecinos, aunque de escala social muy diferente. Sin embargo, políticamente los dos eran de izquierdas y su compromiso llevó a Álvaro de Orriols Lletget a luchar incansablemente desde el periódico Heraldo de Madrid para que el Gobierno de la II República reconociera los méritos de José Viloria Rosado y le diera un puesto de trabajo en el Museo de Ciencias Naturales.
Por la creación de una plaza en el Museo Municipal de Prehistoria a favor del tranviario arqueólogo José Viloria. Periódico Heraldo de Madrid (30 de agosto de 1933).
Cumplimentando el acuerdo tomado durante el banquete, homenaje celebrado días pasados en honor del culto tranviario arqueólogo José Viloria ha acudido esta mañana al Ayuntamiento el poeta D. Álvaro de Orriols Lletget acompañado de una Comisión de obreros tranviarios para hacer entrega al alcalde de una solicitud en la que se ruega sea atendida con todo interés la moción presentada a ese Ayuntamiento en pro de la creación de una plaza en el Museo Municipal de Prehistoria, donde pueda desarrollar dignamente sus cultas actividades el mencionado tranviario Sr. Viloria.
Llenan los pliegos infinidad de firmas, tanto de compañeros tranviarios como de multitud de amigos y simpatizantes con esta idea. HERALDO DE MADRID, que con tanto interés se ha ocupado de los últimos descubrimientos realizados por el culto tranviario arqueólogo, se adhiere con toda simpatía al deseo de los solicitantes por t r a t a r s e de una causa razonable y justa.
Antes de acabar esta historia os diré que la II República y a petición popular creó un puesto de conservador en el Museo de Ciencias de Madrid para José Viloria en agradecimiento a sus constantes hallazgos.

La Guerra Civil 1936-39 llevó a José Viloria Rosado a participar junto con Álvaro de Orriols Lletget en la Columna Mangada.
La Guerra Civil 1936-39
No existe ninguna información periodística de Jose Viloria Rosado durante la guerra y muy poca de después.
Nombraré algunos artículos que Viloria publica en revistas científicas. No tengo información de la fecha en que murió José Viloria y toda referencia a su vida viene a través de estos trabajos. Hay un momento en que la figura de Viloria se confunde con la de su hijo del mismo nombre, ya que este ocupó un puesto en el museo de Ciencias Naturales.
- José Viloria Rosado. Acerca de los discos de cuarcita llamados “ibéricos”. (Artículo de revista). En: Actas y Memorias de la Sociedad Española de Antropología, Etnografía y Prehistoria, 19, 1944, p. 165-166. D603/2
En 1952 tenemos una certeza de su presencia: Alberto González Alonso dice en su trabajo sobre el Cerro de la Gavia:
- “Según una noticia que publica Viloria en su recopilación de yacimientos romanos de los alrededores de Madrid, dicho autor visitó el yacimiento en 1952 pudiendo recoger “fragmentos de cerámica estampillada, otra de color gris con dibujos incisos parecidos a los campaniformes de Ciempozuelos y alguna terra sigillata” (Viloria,1953).
- Viloria Rosado, J. (1955): “Yacimientos romanos de Madrid y sus alrededores”, Archivo Español de Arqueología XXVIII, nº 91, 1.er semestre, C.S.I.C., Instituto Español de Arqueología y Prehistoria “Rodrigo Caro”, Madrid, pp. 135-142.
Rafael Blanco y Caro en abril de 1958, durante los trabajos de desmonte para la ampliación de los terrenos de la compañía TRANSFESA, se produjeron unos hallazgos importantes. Junto a la estación de VillaVerde Bajo aparecieron los restos de un elefante antiguo. En su trabajo Rafael Blanco dice:
- “recogí los huesos y los entregué al Museo de Ciencias Naturales y de acuerdo con el señor Cruz Irigaray y la colaboración de don José Viloria, preparador del Museo de Ciencias Naturales, decidimos proseguir el estudio del yacimiento, gravemente amenazado por el desarrollo de las obras”. “En el mismo Villaverde, no lejos de nuestro yacimiento, habían sido halladas en otro tiempo dos defensas solitarias; un molar suelto fue descubierto por el padre de nuestro colaborador don José Viloria”.
Aquí parece demostrarse que su hijo entró de preparador del Museo de Ciencias y se hace una referencia a su padre.
- En el diario “Ya” de diciembre de 1962. M. Ojanguren, dice: “José Viloria, mozo del Museo de Historia Natural y arqueólogo amateur”.
- En 1998 en el libro de Carlos Lopez Busto “Tranvías de Madrid” en la pág. 276 con una fotografía de José Viloria, este le dedica unos apuntes donde cuenta una anécdota sobre el encuentro entre José Viloria y Fidel Fuídio Rodríguez.
Dice Carlos López Bustos:
“El profesor de historia del colegio en el que yo estudiaba, don Fidel Fuidio Rodriguez, nos hablaba en las clases algunas veces de él y de las excursiones que hacían juntos, utilizando para excavar en los yacimientos, una vara de hierro, de las usadas por los guardagujas de la S.M.T. Tengo entendido que se conocieron en un tranvía: regresaba con Fidel acompañado de sus alumnos, de una excursión arqueológica, entusiasmado con un molino neolítico que había hallado. Se entabló una animada conversación entre el profesor y los alumnos, en la que terció, ante el asombro de todos, el propio cobrador, que demostró estar muy versado en cuestiones arqueológica”.
